Ya no hay tragaluces por aquí. Todo es un pretexto. Ven y pruébame, con tu cara de juez y tu boca que no traga luz.
lluvia
sábado, 30 de julio de 2011
Claveles Blancos
Tal vez cada calle del pueblo tenga la misma porción de hojas secas esperando ser barridas, tal vez cada porción de hojas secas tengan su propia barrendera y tal vez cada barrendera tenga sus propios motivos. La calle que lleva al mercado es una de las más concurridas; decenas de personas transitan por ella todos los días: van y viene del mercado, a veces con la proximidad de la lluvia y a veces con la anticipación de los rayos del sol. Los vendedores ambulantes son los señores del tiempo. Uno de ellos, por ejemplo, anuncia las seis y veintitrés de la mañana todos los días, tan solo con el sonido de su silbato, sin decir alguna palabra, sin la intención de hacerlo; silba y pedalea ofreciendo café. Martha lo espera (sin querer hacerlo) todas las mañanas y aunque no le compra café, se vale de su reloj silbato para saber que es momento de salir a la calle a barrer las hojas secas. Ella ve el barrer las hojas secas como algo muy terapéutico, sin querer hacerlo, ha podido usar los oficios de la casa y la ida al mercado como sedante. Luego de barrer las hojas secas de la calle, pone sus manos sobre la punta del palo de la escoba, una sobre la otra, y apoya su mentón sobre las manos; en esa posición consigue relajar su cuerpo. Observa por largo rato la colina (colina cargada de recuerdos), hasta que es interrumpida por la vendedora de flores, quien suele pasar entre seis y cincuenta, y siete de la mañana, cada domingo. Todos los domingos desde hace catorce años, compra un ramo de claveles blancos, entra a casa, retira los claveles marchitos, limpia el florero y pone los nuevos junto al cofre.
Martha es una vieja costurera que ha conseguido un bloque de vida para vivirla con la rigidez natural de la absurda rutina. Martha es Martha cofre, Martha ramo de claveles blancos que pone cada domingo, Martha muerta en vida y en costumbre, Martha atardecer tejiendo, Martha soledad confusa. Ha vivido sola desde hace diez años, cuando sus hijos la dejaron escapar del tiempo para perderse entre la cordura de la escoba, del trapero, de la radio vieja, de las agujas de croché y los vestidos negros. Su corazón tiene vestido de luto desde hace catorce años, lo guarda en el cofre donde también guarda el osario de su difunto esposo.
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