Me gusta el chocolate fuerte, con poca azúcar y sin leche, las almojábanas calientes, pero no todos los días; y con el estomago lleno, me gusta tomar tu cuello y ahorcarte con mis manos hasta convencerme que ya no me puedes doblar como un pedazo de papel, que ya no puedes traspasar mi armadura, o colorearme.
Me gusta lo clandestino, el pedazo de misterio que arrastro con una cuerdita; y después de mi paseo matutino, me gusta arrojarte a un pozo, para que te ahogues. Princesita que me envenena con dulzura.




