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jueves, 10 de marzo de 2011

Capitulo 8 Rayuela

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Íbamos por las tardes a ver los peces del Quai de la Mégisserie, en marzo del
mes leopardo, el agazapado pero ya con un sol amarillo donde el rojo entraba un
poco más cada día. Desde la acera que daba al río, indiferentes a los bouquinistes
que nada iban a darnos sin dinero, esperábamos el momento en que veríamos las
peceras (andábamos despacio, demorando el encuentro), todas las peceras al sol,
y como suspendidos en el aire cientos de peces rosa y negro, pájaros quietos en
su aire redondo. Una alegría absurda nos tomaba de la cintura, y vos cantabas
arrastrándome a cruzar la calle, a entrar en el mundo de los peces colgados del
aire.
Sacan las peceras, los grandes bocales a la calle, y entre turistas y niños
ansiosos y señoras que coleccionan variedades exóticas (550 fr. pièce) están las
peceras bajo el sol con sus cubos, sus esferas de agua que el sol mezcla con el
aire, y los pájaros rosa y negro giran danzando dulcemente en una pequeña
porción de aire, lentos pájaros fríos. Los mirábamos, jugando a acercar los ojos al
vidrio, pegando la nariz, encolerizando a las viejas vendedoras armadas de redes
de cazar mariposas acuáticas, y comprendíamos cada vez peor lo que es un pez,
por ese camino de no comprender nos íbamos acercando a ellos que no se
comprenden, franqueábamos las peceras y estábamos tan cerca como nuestra
amiga, la vendedora de la segunda tienda viniendo del Pont-Neuf, que te dijo:
«El agua fría los mata, es triste el agua fría...» Y yo pensaba en la mucama del
hotel que me daba consejos sobre un helecho: «No lo riegue, ponga un plato con
agua debajo de la maceta, entonces cuando él quiere beber, bebe, y cuando no
quiere no bebe...» Y pensábamos en esa cosa increíble que habíamos leído, que
un pez solo en su pecera se entristece y entonces basta ponerle un espejo y el pez
vuelve a estar contento...
Entrábamos en las tiendas donde las variedades más delicadas tenían peceras
especiales con termómetro y gusanitos rojos. Descubríamos entre exclamaciones
que enfurecían a las vendedoras —tan seguras de que no les compraríamos nada
a 550 fr. pièce— los comportamientos, los amores, las formas. Era el tiempo
delicuescente, algo como chocolate muy fino o pasta de naranja martiniquesa, en
que nos emborrachábamos de metáforas y analogías, buscando siempre entrar. Y
ese pez era perfectamente Giotto, te acordás, y esos dos jugaban como perros de
jade, o un pez era la exacta sombra de una nube violeta... Descubríamos cómo la
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vida se instala en formas privadas de tercera dimensión, que desaparecen si se
ponen de filo o dejan apenas una rayita rosada inmóvil vertical en el agua. Un
golpe de aleta y monstruosamente está de nuevo ahí con ojos bigotes aletas y del
vientre a veces saliéndole y flotando una transparente cinta de excremento que
no acaba de soltarse, un lastre que de golpe los pone entre nosotros, los arranca a
su perfección de imágenes puras, los compromete, por decirlo con una de las
grandes palabras que tanto empleábamos por ahí y en esos días.

miércoles, 9 de marzo de 2011

De Julio

Bolero
Qué vanidad imaginar
que puedo darte todo, el amor y la dicha,
itinerarios, música, juguetes.

Es cierto que es así:
todo lo mío te lo doy, es cierto,
pero todo lo mío no te basta
como a mí no me basta que me des
todo lo tuyo.

Por eso no seremos nunca
la pareja perfecta, la tarjeta postal,
si no somos capaces de aceptar
que sólo en la aritmética
el dos nace del uno más el uno.

Por ahí un papelito
que solamente dice:
 
Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte.


El interrogador
No pregunto por las glorias ni las nieves,
quiero saber dónde se van juntando
las golondrinas muertas,
adónde van las cajas de fósforos usadas.
Por grande que sea el mundo
hay los recortes de uñas, las pelusas,
los sobres fatigados, las pestañas que caen.
¿Adonde van las nieblas, la borra del café,
los almanaques de otro tiempo?
Pregunto por la nada que nos mueve;
en esos cementerios conjeturo que crece
poco a poco el miedo,
y que allí empolla el Roc.


El niño bueno
No sabré desatarme los zapatos y dejar que la ciudad me
muerda los pies,
no me emborracharé bajo los puentes, no cometeré faltas de estilo.
Acepto este destino de camisas planchadas,
llego a tiempo a los cines, cedo mi asiento a las señoras.
El largo desarreglo de los sentidos me va mal, opto
por el dentífrico y las toallas. Me vacuno.
Mira qué pobre amante, incapaz de meterse en una fuente
para traerte un pescadito rojo
bajo la rabia de gendarmes y niñeras.  


Encargo
No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que
vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni
guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dálos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforos y escamas.
Grita. Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara al sol y al hombre.
Compártelo.
Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.


Hic Et Nunc

La nobleza, las grandes palabras, que mal le van
a esta ternura sin mejillas que tocar,
a esta lengua sin labios que entender.
Envilece un amor así que rebota en las paredes del cuarto
o se va cayendo a pedazos de palabras, esto.
Es inútil la argucia y la esperanza,
somos la previsión,
los ojos y la boca orientados al viento. ¿Qué me vale
lo que fue, la suave crónica?
Siempre andaré buscándote en el hoy
de esta ciudad, de esta hora.
Si me doy vuelta, oh Lot, eres la sal
donde mi sed se hace pedazos.

Mira de qué sustancias vivo,
pero no me tengas lástima, yéndote así
todavía más.