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martes, 10 de abril de 2012

Margarita se volvió loca con la crespa




Margarita la loca, dieciocho años y un jardín de flores con hormigas semidiosas en su casa. Una madurez parida en las entrañas de la luna y su urbana noche constelada. Una imagen de cuarzo que imita el ojo de un gato. Gato bandido. Margarita ternura y firmeza que no mata a una mosca pero doma leones. Margarita el olor de la hierba y sus pequeñas fumadas. Margarita que un día le llega la crespa y le provoca un romance. Margarita y su crespa se encuentran al lado del tiempo. Son casi perfectas, diosas de hormigas y un sexo brutal; Mil leyes encima y un campo minado, fue el paisaje pintado en el ojo de gato de un cuarzo amarrado en el cuello de margarita, el día que se volvió loca con la crespa.

sábado, 17 de marzo de 2012

El agujero del sillón


La cucaracha está cansada de no poder trabajar porque le falte esa patica para caminar, y pide que se le ubique de inmediato un puesto como bacteriólogo del hospital: su argumento es que allí no necesitará sus dos patas para trabajar, y por el contrario necesitará tan solo sus dos antenas, que están en perfectas condiciones para laborar. Sin embargo el puesto de bacteriólogo está ocupado por el hijo cucaracha de la cucaracha alcalde. «Esto es sumamente dictatorial» dice la pobre cucaracha harta de las normas de su agujero. Pero su suerte es de cucaracha, porque acaba en la prisión donde afronta cargos por traición a su agujero, alteración del orden público (siendo una pobre lisiada) y desacato a la autoridad. Yo a veces la saco de prisión y la pongo frente al televisor. A veces me pregunta qué es la libertad; qué lástima que no le sepa contestar. Las demás cucarachas creen que es algo personal y por eso la torturan. Tal vez sea hora de acabar con todo: raptar a la pobre prisionera, meterla en un refugio y rellenar de insecticida el agujero del sillón que tienen por ciudad.

viernes, 16 de marzo de 2012

Floja Herida


Mientras camina por la calle se le abre el cierre del pantalón y se le sale el pito, así de simple. Lo más simple es que no se lo guarde y, por el contrario, continue caminando con la leve caricia del viento rosándolo. Hace frio en las calles con tres motores de viento encendido. No importan los relámpagos pobres de sonido, los rectángulos con forma de edificios, esas cositas que cuelgan de las luces, aquellos árboles de mentequilla y los habitantes de la noche, que cada vez se hace más noche. Nada importa al caer la noche entre tanto paradigma y edificio, un cigarrillo por hora y la burda secuela del clima. Cuánto tuvo que esperar para poder hablar y seguir esperando. Cuánta saliva tuvo que gastar para babear la silla. Cuántos dedos caben entre la boca de Marina que chupa y chupa como floja herida. Pronto lloverá y los cigarrillos no se han vendido, tampoco las golosinas. Marina espera al otro lado del estiércol espantando las moscas y las hormigas; preparando cafecito, excitando las vasijas con sus manos de lija. Camino a casa pasea su pito por la ciudad intranquila, congelado y adolorido. Los cigarrillos no se han vendido.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Cómo tomar una fotografía burbuja


Poco se sabe de las fotografías burbujas. Yo las he visto un par de beses entre las manos misteriosas y sensibles de los fotógrafos mágicos. Alguna vez hubo una fotografía que murió con su fotógrafo adentro, desde ese día las fotografías burbuja se volvieron peligrosas.

Cuentan los muchachos del café, que los amantes viajaban los fines de semana al mirador de la ciudad, allí contemplaban los atardeceres y se enamoraban aun más (pensar en un atardecer fantástico que se proyecta como un cortometraje liviano y silencioso, que nunca más volverá). Un sábado por la tarde una pareja fue al mirador a tomar fotografías. El atardecer posaba sutilmente para su lente y el irreal paisaje poco a poco capturaba la feliz pareja. Mientras él trata de acomodar la escena, ella posa entre el atardecer que la consume y la desplaza al lugar más allá de la tarde y la fotografía. El obturador es presionado y dentro de la fotografía burbuja queda el amor que nunca más volverá a las calles.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Happy new year

     “Happy new year” se lee en letras doradas pegadas al vidrio de la ventana del edificio contiguo. Ambos edificios gemelos reposan en la ciudad que parece fatigada por las vísperas del año nuevo y las pocas horas que le quedan al viejo. Una anciana pensionada que sobreviene a su diminuta existencia se distrae cada día observando las vidas del edificio del frente que se proyectan como diapositivas paulatinas e irregulares. No comprende el letrero, pero supone que es un “se vende” escrito en ingles con el fin de darle importancia y prestigio. Es una lastima que se vayan, Piensa la anciana mientras da de comer a su gato, era una de las mejores familias del edificio: muy tranquilos y discretos, con dios en todo momento y conscientes del ahorro de energía. Las demás diapositivas parecen apagadas, es comprensible, todos los del edificio deben estar en las labores propias del 31 de diciembre: Limpiar toda la casa, comprar las uvas, preparar la cena, comprar la ropa para estrenar, unos cuantos haciendo obras de caridad, otros en misa y otros fuera de la ciudad o del país, alejándose para que el nuevo año les traiga muchos viajes y consumo.

     Salud, trabajo, dinero, viajes, fortaleza, supersalud, dinero extra, poder, superpoder y otras tantas cosas tangibles; ¿qué más se puede pedir? Bueno, están los que piden felicidad. «Yo pediría algo infernal —piensa la anciana— pediría que me reviva a Manolito» cosa infernal, sabiéndose que Manolito descansa en las ardientes llamas del infierno, después de una vida tan bestial. Por otro lado, es cosa de locos revivir a un muerto. Cósmicamente posible un muerto del cielo. ¿Será el mismo trámite para un muerto del infierno? En ese divagar mental se le van las horas acariciando su gato y mirando por la ventana que da a la iglesia. Pronto empieza a oscurecer y es la hora de cambiar de lugar, es hora de ocupar el otro sillón y observar diapositivas decembrinas (en diciembre las diapositivas tienen más entretenimiento). Una luz se enciende en el segundo piso del apartamento de las jovencitas de la universidad, mujeres condenadas a una vida de perversión y pecado; como el 24, la vieja supone que harán otra rumba, se emborracharan, la policía vendrá, y un tropel se formará. Frunce el seño. Más arriba, en el cuarto piso, dos luces se encienden, allí un ser maligno habita con su mujer y sus dos hijos; Como el 24, la vieja supone que el sujeto se emborrachará y los golpeará hasta que se canse. Por ultimo, se nota la luz del televisor que brota por entre los agujeros minúsculos de una cortina sucia y vieja en la ventana izquierda del edificio. Ésta pertenece al hombre solitario que habita desde hace poco tiempo el apartamento; como el 24, el hombre verá la televisión hasta caer derrotado por el sueño.

     A la altura de las nueve de la noche, después de comer una porción del pollo relleno que preparó, el sueño la venció en el sillón. Las diapositivas continuaron proyectándose, al ritmo del festejo, la comida especial, la oscuridad y la televisión. A las doce en punto, el primer trueno de pólvora anunció el año nuevo, la viejita voló a coger sus uvas. Mientras las comía veía cómo unas sombras extrañas se unían componiendo abrazo y algunas manos se apretaban. Ella, provocada, dio un fuerte abrazo a su gato y durmió.

martes, 20 de diciembre de 2011

Luces de Navidad



     Las luces de navidad son la sensación en estos días de lluvia y tragedia. Aquí en la ciudad, los niños se agolpan alrededor del barco gigante incandescente y colorido que los atrapa en el anhelo del más allá de la luz. El parque principal siempre ha sido objeto de diversos alumbrados; este año el gran barco y los mitológicos peces se roban todas las miradas, sin embargo cada rincón del parque, cada rama de cada árbol carga un cable de lucecitas de colores. Hace unos días, el alcalde decidió continuar el alumbrado por la calle principal que atraviesa el parque, justo hasta llegar a la alcaldía. Al lado de la alcaldía hay lo que por muchos años fue un teatro, pero que con la quiebra, el paso del tiempo y las migraciones felinas, se ha convertido en el hogar de cantidad de gatos, insectos y uno que otro habitante de la calle. Justamente “el compa” —como es apodado por los comerciantes del sector— es un viejo que reside, desde hace varios años, en el anden de aquel teatro antiguo.
     El jueves pasado, mientras el compa buscaba en las húmedas calles de la ciudad algún bocado que le disimulara el hambre, la administración pública hacía su trabajo, instalando en la fachada del teatro las luces de navidad. Bombillas y bombillitos con forma de campanas, muñecos de nieve, renos y viejos de barba blanca y presencia norteamericana, alumbraban sin cesar. Intermitentes y amenazantes se mostraron ante el compa segándolo con la repentina desilusión que lo invadía, así como lo invadió la navidad. El compa lanzó un breve suspiro al aire y se llenó de motivos, sus reclamos no tenían propiedad, pero era necesario alegar. El jefe de la instalación lo atendió con una mirada repulsiva. El compa entendió. Esa noche las luces de navidad alumbraron incansables hasta el amanecer, el viejo no pudo dormir; se tuvo que marchar.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Primitivo


     El clima es el apropiado para caminar por las calles solitarias de la ciudad. El clima, un poco de nubes grises y negras y mucho de viento helado, lo persigue con la indefinida sospecha de la tormenta que se avecina. Extrae del bolsillo de la chaqueta su cajetilla de cigarrillos pielroja, quedan tan solo dos, y del bolsillo del pantalón extrae el encendedor que ya poco funciona. Le cuesta un par de calles hacer funcionar el encendedor; con el primer bocado de humo le vuelve la calma y sus ojos retoman ese brillo intenso característico. Al llevarse el cigarrillo a la boca, la mano que lo carga reposa en su poblada barba para acariciarla y hundir las yemas de los dedos en ella, algo como una caricia intima que le recuerda el aprecio y el hastío. Esa conexión entre la barba y la mano, entre el cigarrillo y la mano, entre el revolver y la mano, lo hace querer estar solo, tomar el periódico de otro mundo, leerlo entero y sin pausa y, para cuando haya terminado, un futuro lejano se despliegue sobre él.
     Un hombre lo persigue con sigilo, él lo ha notado y sin embargo le sigue dando la espalda; a pocos metros el maleante saca una navaja y se lanza sobre él; logra esquivarlo, saca el revolver y le apunta a la cabeza. La mira esta completamente alineada y apunta justo en su frente, el maleante le habla pero el no escucha, sus sentidos ahora son calibre 38 y sus ganas de gatillar aumentan. Gatilla cuatro veces con precisión, dos en el rostro y dos en su pecho. Nada más. Ha quedado en el piso con la cara perfectamente dibujada de dolor; él no lo mira, da media vuelta y continúa caminando. En esa acción de esquivar, apuntar y disparar, se le fueron las ganas de estar solo, tuvo que arrojar el cigarrillo y el temblor le volvió de golpe. Agarra el ultimo cigarrillo, se lo lleva a la boca con la mano temblorosa; el encendedor no lo vacila esta vez. Al llevarse el cigarrillo a la boca, la mano que lo carga reposa en su poblada barba para acariciarla y hundir las yemas de los dedos en ella, algo como una caricia que lo calma y lo anima a no vomitar. Esa conexión entre la barba y la mano, entre el cigarrillo y la mano, entre el revolver y la mano, lo convierten en un solo aparato maquinando a la perfección las futuras acciones. La metodología del paso es imperfecta, el pie derecho no lleva el mismo ritmo del izquierdo. Sus dedos se queman con el cigarrillo casi extinto; con una mano lo arroja y con la otra para un taxi. Al llegar a casa, su mujer lo espera angustiada, la desviste sin pronunciar palabras, la accede sin pronunciar palabras, descargando en ella, aparte de esperma, todo ese potencial primitivo que no se fue con los cuatro disparos.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Tupido y gris

Hoy, mañana y por siempre la neblina impedirá una vista profunda hacia el horizonte. Como si se tratara de un panorama despoblado e infértil. Las cosas aquí suceden y se extinguen con la simpleza del aliento que se va a la madrugada. El clima es así, todo un tablero místico que amenaza con llover pero no llueve, las golondrinas del misterio que se agolpan alrededor y suceden y se extinguen entre la banalidad del acto que se recrea tan solo por el suceder de las cosas. Tupido y gris, así será, amenazando con la tormenta, de vez en cuando un relámpago que los emociona y los alienta a seguir intentando, contadas oportunidades en que ella abre su paraguas y a éste se lo lleva el viento, extinguiéndose en la banalidad del aire que pasa por aquí, permitiendo el vuelo de las golondrinas a punto de extinguirse en el cielo tupido y gris que amenaza con llover, pero no lo hace. Ese es mi clima, mi estado, mi realidad, con la debida excepción del tiempo.

domingo, 2 de octubre de 2011

Si supieras quién viene



Como antes de los besos, la boca se mordía los labios y los diabólicos ojos se dilataban en la extensión de las palabras deseo y misterio. Mientras regresaba, la leche condensada se distribuía por todas las galletitas y la coca-cola se enfriaba entre el congelador. El único propósito era atenderla como se merece. Orfeo durmió a cerbero y no por eso era un sabio. La paciencia se sitúa en esa línea invisible que avanza con el avance del tiempo; cada vez más cerca al límite, y con el avance, la calma se deshace y las dudas crecen. ¡Maldita sea la hora! ¡Maldito sea el momento en que dejó de preocuparle!... pensaba él, mientras terminaba de untar las galletitas de leche condensada. Una inconsistente victima se creía él, y el ideario de justicia se resumía en un disco LP empolvado y sordamente burdo de tanta ironía. La muchacha no estaba cerca, ni siquiera se atisbaba a la distancia por las calles que conectan a la avenida. Puso a sonar el tocadiscos y se sentó en el balcón a fumar un cigarrillo, cansado de esperarla, especulando que no vendría, proponiéndose esperarla. Creerían que es un inestable o un paranoico a la altura de la fiebre; pero es que si supieran quién viene a verlo.

Anochece a la distancia y en su balcón y su casa aun es de tarde de galletitas y coca-cola, se niega a creer que no vendrá, entonces se distrae hábilmente entre las luces de la ciudad y las lomas negras en el horizonte. Falla, pierde como un cobarde que no tiene un plan B, que no tiene una ruta de escape para esa puerca paciencia ausente. Lo paranoico le vuelve en shock, la aspirina no le es suficiente; el rechazo es ese látigo que le castiga la mala costumbre de creerse un inútil. «si supieras quién viene» lo dice como queriéndole hablar al cerebro. Como antes de los besos, no había boca, no había labios que morder, la voz, el silencio, la nobleza… lo paranoico le llega en conmoción interior, lo saca de quicio; pero: ¿Quién viene? Sabe quién viene, quiere creer que está llegando, le gustan las sorpresas. Debería comerse todas las galletitas y la coca-cola (cómo no, con tanta hambre). Ya es muy tarde y sigue presumiendo que no va a venir, que no va a venir la “muy maldita” (como él dice) prostituta que contrató el día de su cumpleaños.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Zapatos




Virginia toca el piano de forma fenomenal; lo hace con discreción y  frivolidad. Sin embargo su mejor actividad y la que más le ocupa el tiempo libre es mirar zapatos. Si vieran qué buena actividad la de Virginia; usted entenderá que ve zapatos en almacenes de zapatos, pero se trata de ver los zapatos de los demás, esos que no son suyos y no lo serán, esos que fueron elegidos con gusto y voluntad, que salieron de un almacén nuevísimos y han envejecido paulatinamente al caminar.
Virginia los ve pasar en cualquier punto de la ciudad y se libera de cualquier pensamiento; se desentiende de los demás. Pocos le gustan. Conoce todas las marcas y modelos. Cuando uno de tantos que ve le gusta, sube lentamente su mirada y detalla la composición del personaje que los posee. Hoy vio una pareja de zapatos: los zapatos masculinos eran una botas working class pertenecientes a un skinhead, los zapatos femeninos eran unas botas dr martens rojas pertenecientes a una skingirl. Más adelante vio unas pantuflas de goma, estas pertenecían a un sujeto con pantalón azul, camiseta gris y un libro le tapaba la cabeza; el libro se titulaba antología poética. Esos zapatos raros de goma, que distorsionan el traje, esperaban el autobús. En este instante Virginia lee en la biblioteca. De la pared blanca del fondo en donde están los libros de poesía sobresalen unas pantuflas de goma y un jean azul. Virginia aun no se atreve a ir hasta allá. 

jueves, 11 de agosto de 2011

Transgresión

Reactie op zee




     Conocí a Louis a través de las probabilidades; yo siempre las cruzaba y él estaba allá, justo después de cada probabilidad. Era un tipo sereno, elocuente y discreto; tal vez por eso podía conquistar con facilidad a las mujeres. Entramos casi que al mismo tiempo al círculo de escritores “schrijvers van de stad” y rápidamente nos acomodamos al ritmo de los escritores holandeses. Es preciso omitir unos cuantos detalles de su personalidad (no acostumbro involucrar tantos aspectos en un solo referente), de tal modo que el sujeto de este relato sea un pasajero pictórico de color sepia que ha conseguido un buen relato. Las mañanas eran de correspondencia; siempre había un motivo y una tasa de café. Todos los integrantes del “schrijvers van de stad” eran amigables, por lo que sus cartas eran irremediables halagos poéticos, con inspiración nórdica y mucha naturalidad en la palabra. Toda la ciudad disfrutaba de su (nuestra después de un tiempo) escritura. Louis parecía irremediable en el surrealismo que le ponía a los relatos y aunque el círculo no lo aprobara enteramente, tampoco se oponía a tan excelente hazaña de transgresión pasiva al holandés común que lo leía en la Tijdschrift van het woord. Todos teníamos un lugar dónde publicar nuestros escritos diarios, que aunque fueran inicialmente una carta dirigida a un círculo, en cuestión de minutos era asignada a la página frágil de una revista o periódico prestigioso.

     Carol se comunicó con el círculo un viernes por la tarde y el lunes estaba frente a todos presentándose, y nosotros circunspectos y asombrados por la prontitud de su ingreso al círculo, dándole una bienvenida (recuerdo que fue un poco seca). Era una escritora novata que cogió fama con sus breves críticas políticas, presta a toda iniciativa de escritura grupal y a todo ensayo por analizar. Era divertida, “era divertida”, empleaba diálogos dispersos y maquinaba cada acción, tal vez con una sobredosis de razón. La palabra y su peso, diádicos y gráciles eran su especialidad; pronto se tomó la expectativa de los citadinos que se adormecían bajo su comentario de liguero y amanecer y su suave sátira. Carol era una pequeña artista empecinada en irrumpir en cada ámbito en el que el círculo podía intervenir. Era un misterio envuelto en piel blanquísima, (esto no se puede omitir) unos ojazos azules y un cabello crespo-rojo y una sonrisa sin gravedad.

     Louis la logró cautivar; ella después de unos cuantos meses cedió y se dejó llevar por la volatilidad del viejo lobo de mar. Sus aguas la abrazaron con tal fuerza que perdidamente se enamoró. Entonces la mar se hace un riesgo al navegante inexperto y con un poco de impericia la tragedia cumple con su bocado de anfibio. Fue una relación que no dio razones de existencia dentro del grupo y fuera de él. Fue una relación solo para dos, como tenía que ser, y así se desarrollo a la medida en que las olas golpeaban las rocas y la madera del muelle. Con ligereza ocupó el apartamento de Louis, su ciudad y su inexplicable realidad.
«Me has ocupado y ya tengo todo de ti; entonces ya nada me puedes ofrecer. Tus senos son simples senos, tu boca una simple boca y esta habitación un lugar donde ya no caben dos» Así puso punto final a su relación con Carol. Inmediatamente todo se desocupó, Carol tuvo la delicadeza de acatar cada palabra que Louis empleó; erguida y con golpe en el corazón se marchó.
     Dejó de ir por mucho tiempo al círculo; después de todo lo inevitable no era la imagen sino la palabra. Todos ponen: De ante mano una tarde con el sol fugitivo y la marcha de las nubes que se despiden del cielo colorido. Los árboles de otoño traidores que ahora se burlaban de ella, las sillas del parque, inútiles y visibles, y esa fuente de agua verde que tantas propuestas oyó.

     Esta mañana Carol volvió a la sede del círculo, advertían sus ojeras tal vez una semana de lágrimas e insomnio. Todos la saludamos, Louis la miraba con la sencillez y elocuencia que lo caracterizaba, las cartas y lecturas se pausaron: «estos ya no son simples senos» dijo Carol mientras se desabotonaba la camisa. Dicen que Carol tiene un serio problema mental, yo prefiero creer que es un simple capricho. A la vista de todos quedó al descubierto el pecho mutilado de Carol que ya no contiene un par de voluptuosos senos, sino un par de heridas planas, cocidas y sin rastros de musculo.

sábado, 7 de mayo de 2011

REGALAR LA LUNA Original de...

El verdadero regalo

Si pretendes ser fantasioso y quieres regalar la luna, toma tu cámara fotográfica y sácale una fotografía, podrás luego envolverla en papel de regalo o en una caja curiosa y darla. También podrás tomar una fotografía digital y enviarla por email con una tarjeta editada en power point.


Por qué no regalar la luna

Es cierto que la luna se puede bajar del cielo con la intención de regalarla a alguien, se puede envolver en un papel de regalo gruesísimo que oculte un poco su luz (no se quiere dejar ver la luz, por aquello de la sorpresa) se puede colocar una tarjetita (que diga: Para tal, De alguien que no propiamente es un atrapa lunas, ni lunático, ni mucho menos un custodio de algo tan bello) Entonces habrá que derogar los cumpleaños o los días especiales en los que la luna se pueda regalar. Basta con no tener qué dar o querer dar algo maravilloso para que aparezcan las ganas de conseguir un palo muy largo y empezar a darle golpes para bajarla, como se bajan las naranjas. Hay que insistir en que la luna por más que se pueda bajar del cielo y por más que quepa en el bolsillo, no se verá muy bien, menos entre una caja de cartón con un moño de color rojo y una tarjetita, pretendiendo ser regalo, pretendiendo inmiscuirse entre los objetos sin valor de una dama. Es imposible otorgar a alguien la propiedad de la luna, imposible que su luz, que su místico volumen y su esbelta circunferencia pueda entrar al patrimonio de un ciudadano común. La luna vale más, por eso no se puede regalar.


Consecuencias de regalar la luna

Imaginen una noche en la que las nubes y las estrellas pinten el cielo negro pero falte un punto gris brillante entre ese cuadro surreal. Imaginen que ese punto hermoso está entre el cajón de una mesa de noche o el armario o en un cuarto donde se guardan las cosas sin utilidad. No será una buena noche si falta la luna que estampe su luz a través de la copa donde hay vino tinto. Además de su ausencia horrorosa, se demostrará que el ser humano ha sido capaz de acabar con algo propio de la poesía, pues los poetas no tendrán luna qué escribir, ni yo tendré qué consumir a cucharadas (sí, ingiero luna en las noches de soledad)

Es preciso dejar de prometer algo que no se debe regalar.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Episodio, elogio al tacto

El ambiente: aire, polvo, aromas viejos y luces viejas, se queman cada día. Son cenizas lo que lleva el aire entonces, son cenizas lo que respiramos.
Tocar con la mano las plantas de la entrada, sentir su pálpito natural, su proceso biológico, su respirar lento y silencioso, su verde espíritu. Las yemas intranquilas contra las hojas pasivas. Pacificas plantas que adornan la vida, perplejas cúspides a la que no ha llegado la mano tranquila. Las plantas a la entrada de una casa grande, de una gran casa habitada; deshabitada de vacio pero habitada con seres vacios, estanques profundos con profundas historias. Las plantas son adornos vivos, que acompañan la casa y sus habitantes. Tocar con las manos las paredes de madera de la casa. Sentir madera triste, alma de arboles, una vez fueron plantas que adornaron colinas. Sentir con la mano una gran casa triste, entristece las manos, pero habita el espíritu, nostálgico refugio ha conseguido aquel tacto.
Llegar con las manos intranquilas, no hay manos tranquilas, no en el siglo XXI, no en el siguiente siglo si el mundo viaja con tal prisa. Llegar con esas manos tranquilas, de cuando en cuando vacías, entrar a la casa, a la sala de estar, recorrer los pasillos buscando sorpresas.

A lo lejos, en el jardín del patio se divisa ella, la abuela más pasiva de todo el recinto. La casa es un asilo de ancianos, la abuela un asilo de penas. Gran símil ocurrente, como un reflejo de tristezas, como un mimo que aturdido imita el color de su vida. La vieja con arrugas por doquier, rosario en mano, mano en pecho, pecho en sí, pecho, corazón y canas, canas en sí. Son arrugas lo que se divisan o son pliegues de amor que no dio. Son canas en su cabeza o son relámpagos que dio a la noche maldita. Es nieve que en su cabeza ha caído, para que descanse del gran verano de antaño, caluroso y destructivo.
Tocar con las manos la anciana, sentir que está viva, sentir su pálpito natural, su proceso biológico, su respirar lento y silencioso, su blanco espíritu. Las yemas intranquilas contra las arrugas pasivas. Pacifica anciana que adorna la casa, perplejas cúspides, a la que no ha llegado el calor humano. Sentir piel triste, alma de mujer, una vez fue joven y bella y conquisto colinas, cogida de la mano de apuestos señores. Sentir con la mano un rostro triste, entristece las manos, pero habita el espíritu, nostálgico refugio ha conseguido aquel tacto.

La abuela pasa desapercibida, teje que teje, en su sillón humilde, el tiempo le huye, la asechó en alguna época, hasta que consiguió atraparla y envejecerla. Ahora la muerte esta cerca, la soledad la acompaña, de cuando en cuando su amiga Manuela. Pero la abuela no se resigna, quiere pegar una huida y visitar la calle que un día recorrió con sonrisa y sombrilla.
Hasta que este día, irrelevante en su cuenta, se para de su silla, agujas al piso y recorre el pasillo con lenta armonía, como baile de ceremoniosa víspera. Sus manos temblorosas de parkinson tocan las hojas de las plantas a la salida, yemas pasivas contra hojas pasivas, —aunque la abuela es del siglo XXI, no había llegado la tecnología, cuando ella nacía— aquel tacto profundo despertó aquel arbusto y trasmitió su alegría.
Sonrisa en la cara para la linda anciana, que no percata calzado o ropaje gastado. El pueblo es pequeño, no camina con prisa, útiles recuerdos del pueblo, tiene en su cerebro, que la ayudan a buscar su calle favorita. Mira tranquila las calles renovadas, mientras camina descalza. Descalzos recuerdos también.

Las manos desnudas, introducir las manos en un costal lleno de grano, sentir como fluyen por la piel, diminutos y vibrantes, sentir que no hay fondo, abrir espacio a fuerza, el maíz que acaricia las manos. El costal es su presente, su calle renovada, su paradisiaco camino, el maíz es ambiente, aire, polvo, aromas viejos y luces viejas, que se queman cada día. Ella y sus manos se adentran a fuerza de espíritu en aquel costal, con partículas. Particulares síntomas tan diminutos y vibrantes, siente que no hay fondo, se acaricia.
Ahora la abuela delira, y casi llega a su calle, la gente la observa perpleja, ella no repara en hacer una venia. Una anciana en traje de bata, es decir en pijama de gala, deambula por las vías, el sol la sigue sin quitar de su vista, la imagen preciada de su bien amada. Aquella muchacha de la que se enamoro algún día, como todo el que la veía, pero ahora delira, ya no es la misma, las penas oscurecieron su sonrisa, mancharon su rostro de melancolía. El sol la ilumina contento.

Cuando llega a su calle favorita, dobla su brazo en forma de arco, para que su hombre imaginario la coja de gancho, y la conduzca por el camino directo hasta la colina, diciéndole versos, contándole cuentos, hablándole al oído palabras de amor y cantándole boleros. Ella ya no recuerda eso, el rostro del hombre es una mancha pálida. Camina con su hombre pálido sin pronunciar alguna palabra, recuerda a su hijo que la dejo abandonada en ese templo de arrugas y canas, recuerda su hijo, su magdalena adorado tan lejos ahora. Ni su olor que tanto amaba pudo tener de nuevo.
Cae la ancianita a la orilla de la vía, el caballero que la llevaba de la mano se esfuma, todo pasa lento, la abuela cambia camino hacia la colina por túnel de luz.

lunes, 2 de mayo de 2011

PRETEXTO

No lo haría, no habría motivos y el procesador de texto es una piltrafa más que debo perder de vista. Pero escribir es la suerte y sugerir, ¡oh! sugerir es un golpe de ira. Todos lo dicen sin palabras, un mensaje oculto quizá: sugiéreme un alago, sugiéreme un motivo para perderte de vista o para golpearte, sugiéreme un comentario para poder hablar de lo previsto -y sin embargo aun me molesta conversar con alguien que no tiene diálogos seguros- Por eso no lo haría. Un nuevamente es un motivo absurdo, cómo jactarme de elocuente si despedazo las palabras cuando te imagino con ese doblemente aire de finura. Eres libre, entonces existes, entonces ufano de tu existencia, entonces vuelco las superficies buscando el suelo apropiado para colocar tu doblemente figura. Y si vieras cómo te queda esa brisa leve que te atrapa, llegando casi a dominar. Encontré algún día de esos poblados un montón de posibilidades en mis bolsillos (aclaro que la brisa es también posibilidad de espera). Fuiste posibilidad algún día, ya no quiero que seas tablero o estampa, rebotando de rincón en rincón. El vino de media luna no fue un licor, no fue costoso; estima una posibilidad de copa para beber con firmeza y esperar por un retiro. Estima un aperitivo Dubonet con pimienta extra, estima un par de discos LP con la imagen de Aznavour, estima un tocadiscos de bronce con una marca viejísima. No haría pecados para desperdiciar, qué ridículo mi círculo con un radio tan débil que no llega a ser centímetro o si estas en él puedo robar espacio ¿vez? todo es pecado. Escupo mi pensamiento ha otro rango luego existo, nada de peligro mas que una navaja de ejecutivo en mi cuello y un terrón de azúcar atravesado en mi garganta (que se llama como se escucha tu nombre de lejos). Peligro cuando giro de improvisto y allá estas tú que nunca faltas en mis alucinaciones o en mis poesías, como siempre la calle y tú. Recordaras que alguna vez fuiste franela color purpura y recorriste la biblioteca con tus zapatos sutiles. Serás como quieras mientras reclamo, obstinado siempre del no poder cambiar las sorpresas por fichas directas. Por eso no lo haría.

01/02/2011

domingo, 1 de mayo de 2011

CÓMO SER SOÑADO POR UNA MUJER

Antes de conseguir la soñadora
Busca un proyecto de mujer: un complique real que te absorba la gana. Procura ocultarte el resto detrás de las manos y oprimir los ojos hasta que duela. Rómpete las fauces con la bola blanca de billar y salta de queja en queja hasta que la bruma se te salga por los poros. Respira paz antes de la guerra, respira un poco antes de hablar con ella. Preguntan cómo uno puede ser soñado por otro. La intención es lo de menos, quizá lo importante es robar pantalla en el sueño y satisfacerse al poder intervenir en un sueño. Ser soñado antes de poder rendirse en sueños es un triunfo y un premio. Se mofan de cualquier sueño, se exaltan cuando alguien es soñado.
Conseguir la soñadora
Busca una mujer que te quiera —que idiotez— basta con madurar un modelo de mujer, ponerlo entre el periódico de un tal milenio. Después de madurar el modelo sácalo del periódico y rebánalo con tu risa, muéstrale entre la boca que te ufanas de tener un pedazo de gracia bajo una silla. Busca un contador de bolsillo y cuéntale las culpas, arráncaselas una a una y sécale los límites (esto es importante si se quiere evitar una pesadilla).
Instrucciones para ser soñado
Busca entre la vasija de arcilla un puñado de aire y ponla a dormir respirándolo. Duerme junto a ella. Despierta antes que ella en la madrugada e introduce tu dedo índice entre su ombligo, gíralo hacia la derecha y bésale la frente.
A la siguiente noche repite el mismo ejercicio. Hazlo por diez noches. En la noche numero once, arrópale la cara con tus manos heladas. Es importante dejar que respire, es importante besarla. Después del beso será un terrón de azúcar y será el momento de arrojarla entre el café de la mañana.
En la noche numero doce escríbele un poema, ofrécele una canción pasajera, dale un pétalo de magia o una sonrisa sincera. Lo importante es dar un detalle sin esferas. Esa misma noche serás soñado por ella.
Estúpido solo por serlo. Recuerden abrir la boca mientras se duerme, para poder salir luego del sueño…
Ganancias
Las ganancias suelen ser externas. Tal vez un tonto premio, tal vez macabro sosiego. Se gana un peldaño, una viga en la planta baja de un recuerdo. Se entiende por moda o se sumerge en el fango del pensamiento. Nadar es probable cuando la ganancia es una laguna de misterio. Ser soñado por alguien (mujer) es torpemente adictivo, solo si se invierte en arrullos y se domina el bostezo. Otra ganancia es conseguir un nuevo sueño, un carrusel de fama y torpeza, un ridículo plan de almohada.
Perdidas
La primera perdida es precisamente de sueño. Perderás el aliento y mantendrás despierto. Dormirás al silencio, caducaran tus parpados y olvidarás sin remedio.
La segunda perdida trata de un premio. Ganaras perdiendo el recuerdo, motivaras los diálogos con el afán de un pretexto y lo olvidaras después sabiendo que fue cierto, pero ahora es cuestión de no recordar un recuerdo.
Las otras perdidas serán síntomas de zapatos, creerás que la cabeza se te estallará de a poco, te morderás la lengua, te oprimirás los pulmones con tus aletas (te saldrán aletas)
Las aletas
Si se consigue ser soñado, se consigue un lago en el patio del cerebro. Como es obligación nadar en él, pronto te saldrán aletas. Las aletas son unas pequeñas discrepancias para nadar por el agua de la obsesión. A veces son de color naranja a veces solo son negras. El color importa cuando las aletas son naranjas por aquello de ser un payaso. Si solo son negras estas posiblemente salvado de ser un pedazo de piedra que se queda estancada entre el lago del cerebro, pretendiendo ser soñado por alguien que una vez fue solo un modelo.

jueves, 28 de abril de 2011

Episodio, un tren dialectico

El tren cabalga despacio y la ciudad esta intranquila, son fuertes las razones por las que no debe ahogar calmas guardadas en cajas fuertes; un auto que aparca en la cochera, encallado al misterio del cuarto empolvado, fatigas de levantar el ambiente húmedo y oír crujir un motor. El tren cabalga lento y son más las razones por las que un auto inmóvil en una cochera polvorienta se debe usar.

El tren cabalga sin apuros, así cabalgan sus jinetes paradigmáticos, pintorescos suburbanos que detienen sus aspectos y sus vidas en los vagones. El tren cabalga demacrado rompiendo a fuerza histérica el viento subterráneo, ruidos acostumbrados y pasajeros sombríos, sombreros de vez en cuando, la filosofía viajera, la dialéctica monótona y estéril.

Por ello fue jinete de su auto, su reloj preciso, no precisó su hora de partida, una fiel maquinita inerte mal calculada puso a volar su actitud paciente, el día de su ascenso se va por las ventanas del edificio. El reloj tardío alarmó y golpeó en desesperación su amo; un amo que encolerizado levito con prisa, precipitado a eventos desafortunados, se maquillo de ejecutivo.

El vehículo que se pone en marcha, blancuzco aparato que amerita el uso. El tren cabalga cerca y pide que sea cabalgado, un destino asechado. El tren cabalga al lado y era necesaria su ayuda, era pertinente interrumpir su vida y entrar de traje ejecutivo al vagón cansino. El vehículo deambula a prisa, como un torpeo púdico, al parecer todos cargan prisa.

Prisa acumulada, prisa contagiada, un virus transmitido por cada calle congelada, la pandemia de la tecnología de la vida milenaria del siglo XXI. Y la prisa también deambula con irónica parsimonia, en la ciudad clandestina, así como en la pública. Todo sube y todo baja en la ciudad que evoluciona a ritmo pavoroso, arrasando a su paso con valores y principios. Así arrasaba el asfalto húmedo, aquel carro blancuzco, que a toda marcha acababa con segundos y minutos. Un semáforo rojizo detuvo el vehículo. El tren cabalga aproximado, ya es tarde para huir, resuenan todo tipo de voces de ciudad intranquila, miles de pitidos, de cornetas de automóviles, sinfónica desesperada de trancón de medio día, de mañana rutinaria, que a segundos de su estancia alcanza una huida.

El semáforo no titila, no se mueve, no se calma, sonrojado no de pena, un montón de automóviles encajonados con buena métrica, una mañana que se va como el sueño fatigado. El tren ya no se encuentra cerca, al alcance de la nada, son pocos segundos que exasperan.

El semáforo que cambia, la marcha que acelera, la vida que se agolpa en el rincón del asiento trasero esperando un momento. Una vida que se elige, con patrañera libertad, un montón de seres que viajan lejos de un tren que cabalga para cumplir una orden. Ciudad por fuera de la ventanilla del vehículo blanco, ciudad que entretiene con sus luminosos avisos, su mercado de la nada costosa, su mercado del todo muy barato.

El hombre que salió retardado, esta desesperado, contagiado, ensimismado de ciudad, de transito, de silbatos y cruces eléctricos. El tren que cabalga al extremo de su estancia, ni risa despide, ya no es opción, con razones opuestas una cita que colapsa, un vehículo que avanza, una vida que se apaga.

El hombre era pasivo, cabizbajo, adolorido, la oportunidad de un ascenso, una cita oportuna para un oportuno momento, la agitación de la pelota, en el instante perfecto, para el gol que proclama una copa extraordinaria, hicieron del caballero un perverso velocímetro. El cabizbajo empedernido, señor de lo cumplido, dueño del reglamento acatado, perdió la noción del espacio tranquilo, de la marcha relajada. Se apoderó de su poder de piloto novato.

Y atravesando un semáforo, de una calle escogida, por el presagio permitido, golpeó una transeúnte peculiar y afligida, que no soporto el impacto y voló como golondrina. Fueron segundos malignos lo que duro la carrera, fue un choque brutal que sentencio a la victima, fue por culpa desapercibida, desprevenida, desaparecida.

martes, 19 de abril de 2011

Memorial

Later of slap
Après la gifle
Esto no puede ser una historia creyéndome creyente de mis historias, más aun creyéndome escritor de mis propias historias. Suponiendo que el relato es mío tan solo porque lo escribo, diría que más que un cuento es una ventana donde cuelgo un pan que he orneado con medio litro de culpa y una pisca de azar. ¿Azar? Esa palabra no me queda bien, y si digo que es destino no me lo creo ni me lo consumo. Ayer me dijeron que fui débil, pero hoy me han dicho que soy fuerte al aguantar tanto fastidio, eso no puede ser azar ni destino. Luego de dos microsegundos no se cómo empezar una historia, ayer leí a Cortázar que no sabia como empezar las babas del diablo y hoy me ha sucedido igual (eso no es copia, mucho menos suerte) No hay nubes, ni siquiera hay fotografías en mi pared, solo una ventana que da a la calle, una calle que da a la plaza grande y la plaza grande que da justo en el centro de la ciudad. Tras la calle hay un muro pintado de blanco y manchado de musgo. El muro da a un garaje y en el garaje ya no hay automóviles, ahí, aquí mismo debería empezar mi historia, con el estúpido automóvil del sujeto de la casa de enfrente. Sin embargo es estúpido el comenzar de algún modo, procuro introducirme lentamente buscando que el procesador de texto de mi computador mágicamente tome la iniciativa de introducirme en él.
Claramente ayer ella no pudo venir, es una explicación razonable al porqué de su inasistencia a la clase de guitarra. Le advertí por teléfono que lo mío era la puntualidad aunque me viera cara de irresponsable. Voy a ponerle un nombre a partir de los tres o cuatro párrafos, antes quisiera verla como ella, la que no interesa como se llama, más de lo que me interesa ahora mismo, en este instante, su pelo y olor. Sí dijo que no pudo venir es porque se le presentó un inconveniente, y no porque se haya arrepentido después de lo del vals. Ayer fue viernes, quizá no la vea hasta el lunes, cuando por obligación la encuentre en el triette. Lo único que nos une es ese maldito Triette que sirve el mejor café de la ciudad, eso y un par de canciones que ella quiere aprender, eso y nada más. Y si vieran como coloca sus dedos en posición de do mayor, tratando de perfeccionar. Por mi ventana entra un frio acogedor, supongo esto también lo debo escribir, un escritor principiante debe escribir todo lo que siente, por eso escribo que en este momento tengo frio y ganas de fumar, ganas de ir a verla, convencido que me quiere ver, que se quiere dejar enseñar, eso y nada más. Ahora la brisa que entra es tan fría como las ganas de salir a buscar un café y encender un cigarrillo.
Ella es breve, estudia la retorica, avanza con agilidad, aprende la guitarra con facilidad, quizá porque soy bueno al enseñar o porque se empecina en atraerme con su cualidad. La guitarra se ha interpuesto varias veces en ese cruce de miradas que le propongo al rebotar mi estilo con su falta de atención. Lo del vals fue una perdida de tiempo, notó que le atraigo y supo como salir del paso, convenciéndome que es cruda y seria. El vals fue un bar a donde fuimos a parar después de un par copas de champagne. El champagne de la ceremonia de grado donde he recibido mi metafora de localizador. Bien pudiera perdonarle lo del beso pero supo cómo encontrarme. Como conseguirme con la boca abierta y los labios en posición de recibir. Hoy la espero dentro de un quizá, dentro de la penumbra de un: posiblemente llegué sin avisar.
Es que el tiempo llega porque debe llegar, eso quisiera que ella hiciera, me llegara sin avisar, y me quitara de este agujero donde no consigo paz, donde estoy solo y dispuesto a escribir más. Eso he conseguido hacer, yo que nunca escribo, solo porque la guitarra no me quiso afinar o mis oídos simplemente ya no pueden escuchar algo que no sea la voz de ella, eso y algo más. Es hora de controvertirme, es hora de buscar ese café que me impide maquinar, es hora de atravesar la ciudad, tratando de encontrarme frente a su casa y culpar a mis pies y a mi instinto por llevarme hasta allá.

viernes, 15 de abril de 2011

El visitante

—Perdí el visitante, lo llevaba metido entre este billete de diez mil pesos, junto a una moneda de cien. No sé en qué momento pudo salirse, no sé donde pudo haber caído y rodado como ruedan los visitantes que se van por donde vinieron, yéndose así, todavía más lento y doloroso, como cuando… Mañana se me caerán los diez mil de este billete, y me quedarán los pesos y el papel moneda justo y divertido. Cómo cuando se le caen las diez mil risas de su rostro, como cuando los pesos no importaban tanto como importaba la cinta de seguridad y el relieve. Se quedaba en este bolsillo vacio, llenándolo con su denominación, su carácter. Había fricción entre ella y mi bolsillo al caminar, y solo porque era entretenido pasearla entre mis pantalones, pretendiendo tener tanto de ella como para creerme adinerado o apersonado (por lo de persona). ¿Era ella mi billete? Una fecha de circulación que nunca vi, un numero de serie con tantos dígitos como cualidades, una imagen de mujer guerrera (sacrificada) y no podía faltar el reverso crucial que me mostraba la otra cara.
El visitante pudo perderse entre el agujero de mi bolsillo, aquel por donde pasan las monedas falsas cuando quieren largarse y dejarme tirado en medio del delito. No son previsiones, nunca lo serán. Cuando puedan ellos, los del clímax, cuando puedan recuperar el visitante ido. ¿Habrá que recuperarla a ella de diez mil y al visitante, incurso en el billete? Tendré que declararme incompetente en el dinero y el patrimonio, rogando ser del arte y no de los billetes. Porque ella llegará a ser más de mí, que lo que yo puedo ser de mí, y quedaré manufacturado y poseído —recordaba sin voz mientras trataba de encender un cigarrillo—.

Pudo encenderlo y pudo sentarse en el muro del jardín, mirando la carretera principal colmada de carros y motocicletas, disgustado a la vez por tener que verlos, y no poder distraerse viendo otra cosa. Era un largo desatino, de verdad tenia un billete de diez mil pesos, que comparaba con su compañera de cuarto. Tenía un visitante que se había ido hace algunos días, dejando el vacio de las visitas y las faltas de improvisación. Tener que formular una charla bajo la amenaza de un retiro. Y pensar que todo lo pensaba desde lejos, desde aquel lejano billete que comparaba con ella. Sintiendo la nostalgia viva, saboreándola de a poco y sin reparo. Luego ella salió del edificio y con la cabeza le indico el camino. Una boina, un pelo castaño ondulado, uñas negras, piel blanca… Recorriendo la avenida le volvió la risa, se preguntaba el porqué a la comparación con el billete, luego el café y ese aroma que se siente a media noche mientras se transita por la sociedad de los jazmines. Olor a jazmín profundo y una propuesta incorrecta. Le propuso trepar la reja y entrar al patio principal buscando la fuente del olor a jazmines, nunca habían entrado. Les pareció bellísimo y acogedor por la cantidad de jazmines y ese olor grandioso que absorbían y también por la ausencia de un vigilante. El visitante le volvió de golpe, circunspecto y analítico que comprendió la analogía con el billete y pudo sacarla al fin de él para poder tenerla al lado disfrutando del olor a los jazmines.



Ibagué
Abril 2011

domingo, 10 de abril de 2011

MOTIVOS Y SALDOS

Parece que pudo haber sucedido ayer, y sucedió hace tanto tiempo que la alfombra de su cuarto se manchó de ceniza de cigarrillo y quizá por eso la cortina dejo pasar la luz del día: por ese humo fuerte que produce el tabaco. Las horas se estancaron desde hace tres jueves; como su barba que crece con confianza, él y su quietud ya no tienen importancia. Está perdido. La rutina es como para aburrir a todos, se levanta a la madrugada, prepara café y se sienta en esa silla de madera antigua —tan cómplice— Carlos viene a las nueve a revisar si aun vive —tan cómplice— y de ahí hasta que el sol se apaga medita en su silla. A las ocho de la noche lee el diario y escucha la radio. Carlos se pregunta hasta cuando podrá soportarlo.

Ese fue el final de la historia, ahora recuperar esencias. Tuvo una compañera a su lado, dulcísima y querida, mujer flor. Tuvo un empleo, tuvo a Carlos como amigo no como cómplice y superó los treinta años. La casa de la vida y de la vida de sus sueños era una maravilla, el empeño con que la decoraban él y María, y las tardes de helado de chocolate viendo la tv —tan cómplice—. Recorrieron los parques tantos domingos. De mañana eran copos de nieve uno sobre el otro, en la tarde ardían en el cinema y la noche era de brandy. Llegaban a durar días enteros leyendo; dormían, comían, jugaban y trabajaban ensimismados uno contra el otro y uno por el otro.
Todo fue inmortal: el tiempo, el rio de sabanas, la aventura y el brillo de sus ojos. Ahora podrán ser espantos de su fiebre moral, tanto peso en esa balanza de la conciencia. Pensarán cuando amanezca por tantos amaneceres que la vida fue, y ahora todo acabó con el pretexto de un cansancio, aunque ese final se extinga de a poco produciendo dolor y sufrimiento. Recordarán tantas cosas precisas; recordará esas exactitudes tan bellas, esas tres exactitudes por las que un hombre se hace capaz de revelarse contra sí mismo. Recordará esa bella flor que encontraba en su cama cuando amanecía, toda piel blanca y lisa, toda sabana y sexo, toda pétalo de cara y piernas, toda olor a durazno. Ella lo recordará como pueda, como la dejen ver sus ojos a través de las lágrimas, un sombrero de ala corta y un saco a la medida. Así le gusta recordarlo. Con la virilidad del cantante de tango que era. Sobraran recuerdos, y algún día sin previo aviso no estarán, cuando llegue el día en que sin quererlo deberán borrarlos.

—Sabes que sucede ¿cierto? —dijo él a María mientras tomaban café en la esquina de la biblioteca (biblioteca donde trabajaba María como bibliotecaria; biblioteca donde la conquistó con un tal Borges; biblioteca donde nació la pareja de los libros de goma, aquellos que se contraen y se alargan con la aplicación de la suspicacia del lector, algo como un guiño de locuciones) y bajo un aguacero fuertísimo— dime que se hace tarde. —Sí lo sé, y aunque me duele, no diré nada más —contestó María con almohadilla de lágrimas—. La hasta el momento feliz pareja no conecto más miradas, así podrían bajar más cómodas la lagrimas, y acabo todo.
Es inexplicable más que lo que se puede contar al respecto, todo fue acto sencillo, las palabras, las lagrimas, la lluvia y la lectura. Todo fue recuerdo desde entonces, hubo que remediar la estructurada vida que llevaban tanto el uno como el otro, porque se empecinaron en construir una sola vida para ambos y ahora las consecuencias se marcaban de golpe en los dos, una vida no tan vida que cambiar, y una casa solo para ella, pintada con la pintura del alma de Miguel. No fue gran cosa ese bocado de lágrimas que se tragó él esa mañana, cuando llegó al apartamento de Carlos, soltó un llanto tétrico de infante adolorido, y se recostó contra los brazos sin cura de su amigo. El café que le dio Carlos no le supo desde ese día a lo que le sabía, solo María sabrá hacer café para él (un análisis para los granos de azúcar, un nivel de agua medio caliente que recupere la crudeza del café, al punto de mezclarse con el aroma de durazno de María)
—Debes ser paciente y esperar el tiempo nuevo. Nada garantiza que te salga todo como lo planeas, además podrías resultar más herido —sugirió Carlos a Miguel con un tono entre temor y asertividad—
Pasaron los seis días de la semana desde el martes, habiendo sido el lunes anterior la fecha en que terminaron en el café. Sus vidas en esos días, a la fuerza tuvieron que desarrollarse como si nada hubiera pasado, aunque cargando ambos un vacio pesado que se acumulaba en toda la tráquea. Las ganas de seguir llorando contra la vasija de helado pasaron, (ambos en el mismo plan ridículo del helado de chocolate y la TV) pero ahora les llegaba a fuerza de temporada el caluroso verdugo de las ganas de dejar de realizar. Dejare de ir a… no veré más… y por si acabo hoy no volveré a invertir en… Un solo nudo de posibilidades encajonadas.
Una noche, en el cinema, mientras María veía una presentación del pianista italiano Roberto Prosseda, un hombre de ojos azules y barba se acercó a ella, le entregó un CD del pianista y le dijo al oído con voz ronca —vengo de Italia a encontrarte. El hombre pintaba unas cuantas canas, su mirada era profunda y la miraba con deseo. Ella solo soportó unos cuantos cumplidos del italiano, hasta que se paró y se marchó. Sin embargo el golpe del italiano no era hacer cumplidos y esperar a que callera a sus brazos, de lógica la acción resultaría absurda. Su propósito fue más allá de lo superficial, dejando una clara seña en su conciencia. Perdona mis burdos comentarios, entendí que la necesidad de expresar los sentimientos no se hace de igual forma que en Italia, considerando una ofensa lo sucedido, entenderás con mayor propósito esta nota; para ti estaré mañana en el café frente al cinema a las 8:00 a.m. Fue la nota con la que el italiano entro en María, la metió en su chaqueta. María vulnerable. María lo pensó muy bien esa noche, y casi que de largo decidió. Pronto al café frente al cinema, con un poco de retraso y un vestido rojo que usaba para ocasiones especiales. Hasta la vista de algún álbum de recuerdos, Miguel. Con sutileza propia de europeo, el italiano la conquisto de golpe. No fue más que miradas y caricias, sin besos. Solo romanticismo de niños extranjeros (no por la diferencia de nacionalidad, sino por la inconsistencia en sus vidas) No hubo motivos que emplear, María sintió la culpa a la altura de la noche, cuando consumó la ultima caricia en sus mejillas, esa barba enredándose en los dedos flor de la mujer.
Esa ‘ella’ que ahora Miguel encontraba tan apática, que lo olvidó de improvisto. Fue inevitable todo. El saber que si no lo llamaba era porque quizá había emprendido la tarea de olvidarlo en serio; pero él aguardaba una llamada, un telefonazo fugaz que llenara su corazón de tarro vacio, con ese liquido viscoso que es la esperanza. Y cuantas noches se fueron en ese plan, plan de tarro vacio y sin motivos. Y al otro lado de la ciudad una María huraña que juega al romance con un italiano que no conoce. Fue sexo de cinema, lo que nunca hizo con Miguel, sexo de café y de postre. Fue María mordidas de labios, María que arde por la madrugada. María insomnio de Italia. El italiano penetro todas sus exactitudes, esas convexas exactitudes que tanto guardo Miguel para él. Miguel todo espera, Miguel todo rabia.

Conoció Venecia, conoció romance a la Italia, en Roma, en Milán. Volvió y lo hizo todo. Repitió cada momento pausado con el italiano, y nunca trato de descifrarlo. Se acostumbró en dos meses al italiano sin vida, con un nombre escaso, confundida entre la brevedad de un ‘Giuseppe’ o un ‘Giovanni’. Estrepito vocablo. Ese pasado no importaba, para qué conocer la vida de alguien que se sube aun vagón de viaje corto. No negaba la posibilidad de una fiebre de cada día más, pero era de momento que quería vivir, condicionada a la circunstancia del ahora y del sin miedo. Miguel no le pagó nunca con ese alimento con qué saciar el ya. Miguel todo planes a futuro, Miguel todo estructura frágil. Miguel maña.
Ahora si era flor completa, salida de si misma y recorriendo piel tersa y exótica. Demoliendo con ternura la ternura de otro hombre. Adiós mi buen recuerdo ‘Miguel’ que ya tengo la caricia más propicia al paroxismo; esto le salía sin vocablos solo con un agudo gemido en el acto. Solo con un ver a través de la ventana. Tampoco habían palabras banales que irrumpiera la conexión profunda de sus miradas, para qué unas cuantas silabas incomodas que retrasen lo del acto; es decir, si se superpone un pupila a pupila a todo comentario dulzón y quizá extremadamente cursi, para qué emplear la boca y el aire de los pulmones para arrojar al vacio lleno de lujuria sonidos inherentes a la habitación y su fuego. Oh noches de salsa con el italiano, cosa que ella le enseñó a imitar muy bien, hasta creyéndose bailarín de salsa (lo importante era lo que seguía, luego de ese frote de cuerpos y calores. Y pensar que miguel no pudo nunca aprender, por más que María se esforzara en sus lecciones). Esto también se toma en el saldo que ella tiene en la cuenta de Miguel. Cuenta ficticia en la que anota todas las aventuras y actuaciones que nunca realizó con ella. Porque de eso se trata su desdén, por eso tampoco va a hacer la llamada que sabe que espera su ex novio. Pobre Miguel impaciencia, pobre Miguel ausente.

Todo fue flor, pero como toda vida, esta marchitó pronto, el italiano no volvió a casa de María luego de un escape a recoger ropa limpia y otro par de zapatos. Ella le preparó almuerzo y arregló el hogar —tan cómplice— para que su temporal amado la llenara de su ser inapagable y esporádico que tanto la atraía. Pero el individuo no regresó, solo una llamada a la luz de una madrugada de un sábado incontable. Como si esperará esa llamada, descolgó la bocina del teléfono antes de que este terminara de sonar, y como nunca supo un verdadero nombre, no supo como llamarlo y esperó a que él hablara. Esperaba con anhelo que la voz cargara ese asentó italiano que había escuchado en su oído tantas veces dos meses. Y reconociéndolo preguntó si le pasaba algo.
—Debemos vernos el martes en el café de siempre —dijo él con una voz temblorosa de temor—.
Pero esa madrugada era un sábado y la incertidumbre sería insoportable para el lunes, casi que de infarto para el martes, y sin embargo no puso objeción, solo asintió con un murmuro y colgó. María era una mujer de carácter, sin pensar demasiado en cada cosa que hacia, iba por la vida rompiendo todo escenario y contagiándose de él, pudo haberse copiado la primavera mas bella para ella, porque eso fue, una primavera prospera llena de esas tres exactitudes que tanto muele a un hombre al punto de convertirse en alguien más. Y con motivos suficientes y las razones necesarias, saldaba las cuentas pendientes en su vida y no demoraba en constituir un camino con un paso que dar por cada momento que vivía, eso y nada más; un andar por andar, eso y nada más. Una María que vuela a ritmo de gloriosa ave de libertad.

La mañana llegó con la rapidez del martes que solo ofrece la modernidad, y recreó a dos personas en la mesa de un café donde pactaron hace dos meses un acto de benevolencia y liricidad; pronto al vestido rosa que compró solo para ese martes y nada más, pronto que la prisa arranca a las personas de su paz. Con apuros se maquilló de rosas y se perfumó de durazno (recordó a Miguel) y salió a la calle envuelta en ese velo fino de ansiedad. Tomó el taxi que por fin se dignó en aparecer y lo maldijo un par de veces; revisó su rostro natural en un espejo de aumento, el viaje fue eterno, inventó un par de razones que pudieran responder a la extrañeza de ese final esperado pero esporádico que le llegó a la disque relación. Pudo llegar por fin al café y maldijo esta vez la lentitud del taxista y la reconstrucción de la avenida por la que obligatoriamente tenía que pasar. Entre el café, en la mesa del extremo izquierdo, donde la luz era la apropiada, encontró al italiano, esta vez de traje formal y un maletín que creyó reconocer. El aspecto del verdadero italiano (no ese con el que tuvo sexo por doquier, o con el que intimó todo su ser en la fragancia de un vino tinto junto al mar) era esquivo, su corazón empezó a palpitar mas de lo normal, era martes en que entraba a las diez a trabajar en la biblioteca y ya eran las nueve y media.
—Hola —fue lo único que se le ocurrió decir—. Nunca me dijiste que acababas de terminar una relación —Dijo el italiano con su tono de voz ronca y seria, quizá de enfado—.
—Nunca las palabras importaron tanto en nuestra relación, por eso decir resultaría estúpido a elegir vivir y nada más. —ella contestó—
—Espérame, vuelvo en seguida —dijo él y entró al baño de hombres del café—
No pasaron más de diez minutos, pero a María se le hizo una eternidad. Vio salir al italiano, esta vez un no italiano, es decir un individuo con la ropa de él pero con otro rostro.
—Adiós María, fue un placer —dijo Miguel vestido con ropa formal mientras recogía el maletín—



Ibagué
17/02/2011

lunes, 4 de abril de 2011

NO LE HABLA SIN PARAR

—No me habla, no demuestra interés, ¿Qué tiene?
No reemplaza, no aplica. Él sentado en su silla con un café muy oscuro, el cenicero hace meses no se lava, el cenicero lleno, (de cenizas está claro). Era una conversación muy apagada, uno solo no se auto-responde, uno solo no se auto-tranquiliza, y otro como un todo sin simplificar las groserías, sin acariciar la espalda, sin hablar. El sol se fue hace rato y la habitación tan solitaria como la verdad; la luna no es precisa en estos casos, la luna no se puede contemplar cuando las relaciones caen, cuando las miradas chocan apagadas. Y cuando haya que hablar ella hablará y él tomará mucho café y fumará sin cesar, (como siempre está claro). Sentados, en este instante él no para de hablar, gestos de manos, gestos de miradas y los gritos que da, ¡oh! qué gritos son los que da.
Que estruendoso malestar siente aquel hombre, ¿por qué da tales gritos?; el impulso, el sentido o tantos pesares rutinarios; tránsitos colectivos de amarguras, de prepotencias; hombre torpe y maleducado, como cualquier paisano que se acopla a la razón del trabajo de oficina, al Renault, al tranvía o bus, al betún, al tinto. Hombre de impulsos cautivos, de cigarrillos escondidos, de lunas rojas y viajes a laderas, se impidió a si mismo el motivo de la vida; artesano impedido por la obligación, por la leche en el refrigerador o por la esposa cuasi soltera. Así puede dar gritos; imaginen un tipo blanco, bajito, medio calvo, pálido y enfermizo, que fuma y va a la oficina, ocho horas de rutina y de desperdicio, imaginen como da gritos, bocanadas de humo mesclado con ira, sonido prepotente con catarro y cafeína, melancolía, blasfemia maldita, estúpida ira. Eso fue lo último que dijo.

Son gritos sin sonido. Es que los gritos no son látigos ruidosos contra el pasivo, es que los gritos se pueden leer en un periódico que diga: anoche mujer violada por varios hombres. Se puede oír ese grito, no se sabe de quien, pero el periódico grita. Él le grita con tal agresividad que la habitación no pierde su silencio, pero se tiñe de ira, miles y miles de veces como bofetadas de aliento nocivo. Entre gritos y tinto, de cuando en cuando un viaje al baño, transcurre la conversación. No se ha dicho que la habitación esta un poco oscura, que una tenue luz mancha el rostro de la barajada pareja; se ha dicho que es molesta una charla sentimental producida por uno solo, también se ha dicho que ella no quiere hablar, (ella no lo ha dicho está claro).
Ella no lo ha dicho porque no quiere decirlo, ella puede decirlo, puede gritar como él en ese lugar a donde la gente va a gritar, él no grita, nunca había gritado, por eso no ha ido, pero ella, ella ya ha ido a gritar, y se a devuelto afónica, apagada y ensordecida, a calmado o cuasi apagado sus penas. Molesto es un monologo que choca contra uno mismo, un humo de cigarrillo que se arrodilla, persigna, se inclina y se devuelve a fuerza de risa. Monologo funesto que se autodeclama, proclamando una lucha absurda contra alguien que no quiere oír. Por eso calla, también porque llego la hora de callar, fueron tres meses de terribles quejas, tratando por todos los medios de conseguir un pedazo de atención, así fuera un inédito entusiasmo por escucharla, repentino esta claro.

Y entonces es madrugada y parece malevaje de arrabal; tango soez de un cajón encajonado en la tráquea, es decir nudo en la garganta que de un paso puede volverse vomitivo. Si es madrugada, amanecerá, el se debe preocupar pero no lo está, el tabaco pudrió su puta neurona que le impidió tragar entero y hacer lo correcto; ahora parece un inútil ebrio sin alcohol que reclama a su amante un perdón, un perdón sofisticado como grito sin dolor. Con otros cigarrillos su discurso se completara, ha dicho muchas cosas; ninguna con sentido romántico, esta claro.
—Somos dos, yo aquí y tu… ¿mujer y tu donde estas? ¡Claro! estas ahí, pero no estas. ¿Quieres café? podemos compartir, así sueltas tu lengua, así me cuentas porque te vas; sin volver trata de venir, mujer.
Es que si te vas y yo no puedo ir porque ni eso puedo, quedaré solo; mira, los cigarrillos se duplicaran, eso no es malo pero sí fatal. Yo te quiero, no lo dije antes por… no sé, no me acuerdo del porque no lo he dicho, quizá suene falso pero no hay mucho que decir esta mañana, un buenos días es estúpido, es mejor decir que lo siento, que siento las perdidas en mi vida—.

Sin argumentos celebró la nueva mañana con otro sorbo de café y un brindis de pocillo contra el brazo de la silla. A los pocos minutos estaba dormido, recostado contra su mujer. Ella lo dejo dormir tranquilo, sin acariciar su cabeza como solía hacer, sin despedir suspiros, sin desprender algún quejido banal. Ella era tan pasiva, tan distante desde aquel jueves que perdió el bebé; ha tenido tardes largas como días sin comer, para pensar y recordar su pequeño que se fue, y su esposo; ese idiota que duerme como niño, no estuvo cerca para calmar su pasividad, él no demostró tristeza de la gran perdida, se monto en un muro de indiferencia y apatía, que tal vez, solo tal vez, provoco el repentino cambio en su mujer.
Comía, dormía, el viento pasaba y rayaba su rostro, el tiempo pasaba y rayaba su vida, la noche pasaba y no rayaba, porque la luna allá tan arriba trataba de oírla. Que estupidez, cómo oye la luna, no es probado, pero ella desde el balcón de su casa sentía cómo era invadida por aquel punto blanco en la noche, cómo ese oído inerte rescataba frases fatídicas de la pobre señora. Y así era que humillaba el olvido, así mal herida aguantaba su vida. ¡Pero ya no más!, ahora a cambiado, mírala, ahí en esa silla, tan pálida, tan ida, tan renovada, tan libre, tan fugaz, tan fogosa de energía mística.
Sola está, sola estará, eso no va a cambiar, ya nada puede volver a ser, el pequeño ya no es recordado, ni por ella ni por él. Ahora uno duerme recostado contra otra que mira fijamente la nada que haya está, tan pura, tan declinada hacia la perfección. Esa nada que no percibe mal, solo se viste de libertad, se viste de un todo. El sol sale, los pájaros cantan. El sol entre las cortinas pasa, el cantico natural llega a lapsos de bondad. A lo lejos la gente viene y va, a lo lejos el mundo está condenado a vivir, a ser paseado por sus calles pavimentadas, después bombardeadas, después agujereadas para introducir una moderna alcantarilla, después renovadas, después bombardeadas por una nueva guerra inútil, después agujereada para introducir una nueva y moderna alcantarilla, a los días perforada porque faltó algún injerto, después barrida (olvide decirlo). En fin, así viene y va la vida, así viene y va la hacienda pública, al vaivén de las olas clandestinas, malignas interoceánicas; surcadas (olvide decirlo).

Estira su mano y toma el café (frío), sin abrir los ojos e irrumpir su posición, bebe un sorbo y vuelve a soñar. Al rato, asustado se levanta y sus ojos empiezan a lagrimar, llora como loco, llora sin parar, no mas café, mira y mira para todos lados, recorre la casa sin saber qué hacer, toma el teléfono y antes de marcar, recuerda que un cadáver en la sala está.

Ibagué
05/10/2010