Ya no hay tragaluces por aquí. Todo es un pretexto. Ven y pruébame, con tu cara de juez y tu boca que no traga luz.
lluvia
domingo, 2 de octubre de 2011
Si supieras quién viene
Como antes de los besos, la boca se mordía los labios y los diabólicos ojos se dilataban en la extensión de las palabras deseo y misterio. Mientras regresaba, la leche condensada se distribuía por todas las galletitas y la coca-cola se enfriaba entre el congelador. El único propósito era atenderla como se merece. Orfeo durmió a cerbero y no por eso era un sabio. La paciencia se sitúa en esa línea invisible que avanza con el avance del tiempo; cada vez más cerca al límite, y con el avance, la calma se deshace y las dudas crecen. ¡Maldita sea la hora! ¡Maldito sea el momento en que dejó de preocuparle!... pensaba él, mientras terminaba de untar las galletitas de leche condensada. Una inconsistente victima se creía él, y el ideario de justicia se resumía en un disco LP empolvado y sordamente burdo de tanta ironía. La muchacha no estaba cerca, ni siquiera se atisbaba a la distancia por las calles que conectan a la avenida. Puso a sonar el tocadiscos y se sentó en el balcón a fumar un cigarrillo, cansado de esperarla, especulando que no vendría, proponiéndose esperarla. Creerían que es un inestable o un paranoico a la altura de la fiebre; pero es que si supieran quién viene a verlo.
Anochece a la distancia y en su balcón y su casa aun es de tarde de galletitas y coca-cola, se niega a creer que no vendrá, entonces se distrae hábilmente entre las luces de la ciudad y las lomas negras en el horizonte. Falla, pierde como un cobarde que no tiene un plan B, que no tiene una ruta de escape para esa puerca paciencia ausente. Lo paranoico le vuelve en shock, la aspirina no le es suficiente; el rechazo es ese látigo que le castiga la mala costumbre de creerse un inútil. «si supieras quién viene» lo dice como queriéndole hablar al cerebro. Como antes de los besos, no había boca, no había labios que morder, la voz, el silencio, la nobleza… lo paranoico le llega en conmoción interior, lo saca de quicio; pero: ¿Quién viene? Sabe quién viene, quiere creer que está llegando, le gustan las sorpresas. Debería comerse todas las galletitas y la coca-cola (cómo no, con tanta hambre). Ya es muy tarde y sigue presumiendo que no va a venir, que no va a venir la “muy maldita” (como él dice) prostituta que contrató el día de su cumpleaños.
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