lluvia

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viernes, 15 de abril de 2011

El visitante

—Perdí el visitante, lo llevaba metido entre este billete de diez mil pesos, junto a una moneda de cien. No sé en qué momento pudo salirse, no sé donde pudo haber caído y rodado como ruedan los visitantes que se van por donde vinieron, yéndose así, todavía más lento y doloroso, como cuando… Mañana se me caerán los diez mil de este billete, y me quedarán los pesos y el papel moneda justo y divertido. Cómo cuando se le caen las diez mil risas de su rostro, como cuando los pesos no importaban tanto como importaba la cinta de seguridad y el relieve. Se quedaba en este bolsillo vacio, llenándolo con su denominación, su carácter. Había fricción entre ella y mi bolsillo al caminar, y solo porque era entretenido pasearla entre mis pantalones, pretendiendo tener tanto de ella como para creerme adinerado o apersonado (por lo de persona). ¿Era ella mi billete? Una fecha de circulación que nunca vi, un numero de serie con tantos dígitos como cualidades, una imagen de mujer guerrera (sacrificada) y no podía faltar el reverso crucial que me mostraba la otra cara.
El visitante pudo perderse entre el agujero de mi bolsillo, aquel por donde pasan las monedas falsas cuando quieren largarse y dejarme tirado en medio del delito. No son previsiones, nunca lo serán. Cuando puedan ellos, los del clímax, cuando puedan recuperar el visitante ido. ¿Habrá que recuperarla a ella de diez mil y al visitante, incurso en el billete? Tendré que declararme incompetente en el dinero y el patrimonio, rogando ser del arte y no de los billetes. Porque ella llegará a ser más de mí, que lo que yo puedo ser de mí, y quedaré manufacturado y poseído —recordaba sin voz mientras trataba de encender un cigarrillo—.

Pudo encenderlo y pudo sentarse en el muro del jardín, mirando la carretera principal colmada de carros y motocicletas, disgustado a la vez por tener que verlos, y no poder distraerse viendo otra cosa. Era un largo desatino, de verdad tenia un billete de diez mil pesos, que comparaba con su compañera de cuarto. Tenía un visitante que se había ido hace algunos días, dejando el vacio de las visitas y las faltas de improvisación. Tener que formular una charla bajo la amenaza de un retiro. Y pensar que todo lo pensaba desde lejos, desde aquel lejano billete que comparaba con ella. Sintiendo la nostalgia viva, saboreándola de a poco y sin reparo. Luego ella salió del edificio y con la cabeza le indico el camino. Una boina, un pelo castaño ondulado, uñas negras, piel blanca… Recorriendo la avenida le volvió la risa, se preguntaba el porqué a la comparación con el billete, luego el café y ese aroma que se siente a media noche mientras se transita por la sociedad de los jazmines. Olor a jazmín profundo y una propuesta incorrecta. Le propuso trepar la reja y entrar al patio principal buscando la fuente del olor a jazmines, nunca habían entrado. Les pareció bellísimo y acogedor por la cantidad de jazmines y ese olor grandioso que absorbían y también por la ausencia de un vigilante. El visitante le volvió de golpe, circunspecto y analítico que comprendió la analogía con el billete y pudo sacarla al fin de él para poder tenerla al lado disfrutando del olor a los jazmines.



Ibagué
Abril 2011

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