Later of slap
Après la gifle
Esto no puede ser una historia creyéndome creyente de mis historias, más aun creyéndome escritor de mis propias historias. Suponiendo que el relato es mío tan solo porque lo escribo, diría que más que un cuento es una ventana donde cuelgo un pan que he orneado con medio litro de culpa y una pisca de azar. ¿Azar? Esa palabra no me queda bien, y si digo que es destino no me lo creo ni me lo consumo. Ayer me dijeron que fui débil, pero hoy me han dicho que soy fuerte al aguantar tanto fastidio, eso no puede ser azar ni destino. Luego de dos microsegundos no se cómo empezar una historia, ayer leí a Cortázar que no sabia como empezar las babas del diablo y hoy me ha sucedido igual (eso no es copia, mucho menos suerte) No hay nubes, ni siquiera hay fotografías en mi pared, solo una ventana que da a la calle, una calle que da a la plaza grande y la plaza grande que da justo en el centro de la ciudad. Tras la calle hay un muro pintado de blanco y manchado de musgo. El muro da a un garaje y en el garaje ya no hay automóviles, ahí, aquí mismo debería empezar mi historia, con el estúpido automóvil del sujeto de la casa de enfrente. Sin embargo es estúpido el comenzar de algún modo, procuro introducirme lentamente buscando que el procesador de texto de mi computador mágicamente tome la iniciativa de introducirme en él.
Claramente ayer ella no pudo venir, es una explicación razonable al porqué de su inasistencia a la clase de guitarra. Le advertí por teléfono que lo mío era la puntualidad aunque me viera cara de irresponsable. Voy a ponerle un nombre a partir de los tres o cuatro párrafos, antes quisiera verla como ella, la que no interesa como se llama, más de lo que me interesa ahora mismo, en este instante, su pelo y olor. Sí dijo que no pudo venir es porque se le presentó un inconveniente, y no porque se haya arrepentido después de lo del vals. Ayer fue viernes, quizá no la vea hasta el lunes, cuando por obligación la encuentre en el triette. Lo único que nos une es ese maldito Triette que sirve el mejor café de la ciudad, eso y un par de canciones que ella quiere aprender, eso y nada más. Y si vieran como coloca sus dedos en posición de do mayor, tratando de perfeccionar. Por mi ventana entra un frio acogedor, supongo esto también lo debo escribir, un escritor principiante debe escribir todo lo que siente, por eso escribo que en este momento tengo frio y ganas de fumar, ganas de ir a verla, convencido que me quiere ver, que se quiere dejar enseñar, eso y nada más. Ahora la brisa que entra es tan fría como las ganas de salir a buscar un café y encender un cigarrillo.
Ella es breve, estudia la retorica, avanza con agilidad, aprende la guitarra con facilidad, quizá porque soy bueno al enseñar o porque se empecina en atraerme con su cualidad. La guitarra se ha interpuesto varias veces en ese cruce de miradas que le propongo al rebotar mi estilo con su falta de atención. Lo del vals fue una perdida de tiempo, notó que le atraigo y supo como salir del paso, convenciéndome que es cruda y seria. El vals fue un bar a donde fuimos a parar después de un par copas de champagne. El champagne de la ceremonia de grado donde he recibido mi metafora de localizador. Bien pudiera perdonarle lo del beso pero supo cómo encontrarme. Como conseguirme con la boca abierta y los labios en posición de recibir. Hoy la espero dentro de un quizá, dentro de la penumbra de un: posiblemente llegué sin avisar.
Es que el tiempo llega porque debe llegar, eso quisiera que ella hiciera, me llegara sin avisar, y me quitara de este agujero donde no consigo paz, donde estoy solo y dispuesto a escribir más. Eso he conseguido hacer, yo que nunca escribo, solo porque la guitarra no me quiso afinar o mis oídos simplemente ya no pueden escuchar algo que no sea la voz de ella, eso y algo más. Es hora de controvertirme, es hora de buscar ese café que me impide maquinar, es hora de atravesar la ciudad, tratando de encontrarme frente a su casa y culpar a mis pies y a mi instinto por llevarme hasta allá.
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