Parece que pudo haber sucedido ayer, y sucedió hace tanto tiempo que la alfombra de su cuarto se manchó de ceniza de cigarrillo y quizá por eso la cortina dejo pasar la luz del día: por ese humo fuerte que produce el tabaco. Las horas se estancaron desde hace tres jueves; como su barba que crece con confianza, él y su quietud ya no tienen importancia. Está perdido. La rutina es como para aburrir a todos, se levanta a la madrugada, prepara café y se sienta en esa silla de madera antigua —tan cómplice— Carlos viene a las nueve a revisar si aun vive —tan cómplice— y de ahí hasta que el sol se apaga medita en su silla. A las ocho de la noche lee el diario y escucha la radio. Carlos se pregunta hasta cuando podrá soportarlo.
Ese fue el final de la historia, ahora recuperar esencias. Tuvo una compañera a su lado, dulcísima y querida, mujer flor. Tuvo un empleo, tuvo a Carlos como amigo no como cómplice y superó los treinta años. La casa de la vida y de la vida de sus sueños era una maravilla, el empeño con que la decoraban él y María, y las tardes de helado de chocolate viendo la tv —tan cómplice—. Recorrieron los parques tantos domingos. De mañana eran copos de nieve uno sobre el otro, en la tarde ardían en el cinema y la noche era de brandy. Llegaban a durar días enteros leyendo; dormían, comían, jugaban y trabajaban ensimismados uno contra el otro y uno por el otro.
Todo fue inmortal: el tiempo, el rio de sabanas, la aventura y el brillo de sus ojos. Ahora podrán ser espantos de su fiebre moral, tanto peso en esa balanza de la conciencia. Pensarán cuando amanezca por tantos amaneceres que la vida fue, y ahora todo acabó con el pretexto de un cansancio, aunque ese final se extinga de a poco produciendo dolor y sufrimiento. Recordarán tantas cosas precisas; recordará esas exactitudes tan bellas, esas tres exactitudes por las que un hombre se hace capaz de revelarse contra sí mismo. Recordará esa bella flor que encontraba en su cama cuando amanecía, toda piel blanca y lisa, toda sabana y sexo, toda pétalo de cara y piernas, toda olor a durazno. Ella lo recordará como pueda, como la dejen ver sus ojos a través de las lágrimas, un sombrero de ala corta y un saco a la medida. Así le gusta recordarlo. Con la virilidad del cantante de tango que era. Sobraran recuerdos, y algún día sin previo aviso no estarán, cuando llegue el día en que sin quererlo deberán borrarlos.
—Sabes que sucede ¿cierto? —dijo él a María mientras tomaban café en la esquina de la biblioteca (biblioteca donde trabajaba María como bibliotecaria; biblioteca donde la conquistó con un tal Borges; biblioteca donde nació la pareja de los libros de goma, aquellos que se contraen y se alargan con la aplicación de la suspicacia del lector, algo como un guiño de locuciones) y bajo un aguacero fuertísimo— dime que se hace tarde. —Sí lo sé, y aunque me duele, no diré nada más —contestó María con almohadilla de lágrimas—. La hasta el momento feliz pareja no conecto más miradas, así podrían bajar más cómodas la lagrimas, y acabo todo.
Es inexplicable más que lo que se puede contar al respecto, todo fue acto sencillo, las palabras, las lagrimas, la lluvia y la lectura. Todo fue recuerdo desde entonces, hubo que remediar la estructurada vida que llevaban tanto el uno como el otro, porque se empecinaron en construir una sola vida para ambos y ahora las consecuencias se marcaban de golpe en los dos, una vida no tan vida que cambiar, y una casa solo para ella, pintada con la pintura del alma de Miguel. No fue gran cosa ese bocado de lágrimas que se tragó él esa mañana, cuando llegó al apartamento de Carlos, soltó un llanto tétrico de infante adolorido, y se recostó contra los brazos sin cura de su amigo. El café que le dio Carlos no le supo desde ese día a lo que le sabía, solo María sabrá hacer café para él (un análisis para los granos de azúcar, un nivel de agua medio caliente que recupere la crudeza del café, al punto de mezclarse con el aroma de durazno de María)
—Debes ser paciente y esperar el tiempo nuevo. Nada garantiza que te salga todo como lo planeas, además podrías resultar más herido —sugirió Carlos a Miguel con un tono entre temor y asertividad—
Pasaron los seis días de la semana desde el martes, habiendo sido el lunes anterior la fecha en que terminaron en el café. Sus vidas en esos días, a la fuerza tuvieron que desarrollarse como si nada hubiera pasado, aunque cargando ambos un vacio pesado que se acumulaba en toda la tráquea. Las ganas de seguir llorando contra la vasija de helado pasaron, (ambos en el mismo plan ridículo del helado de chocolate y la TV) pero ahora les llegaba a fuerza de temporada el caluroso verdugo de las ganas de dejar de realizar. Dejare de ir a… no veré más… y por si acabo hoy no volveré a invertir en… Un solo nudo de posibilidades encajonadas.
Una noche, en el cinema, mientras María veía una presentación del pianista italiano Roberto Prosseda, un hombre de ojos azules y barba se acercó a ella, le entregó un CD del pianista y le dijo al oído con voz ronca —vengo de Italia a encontrarte. El hombre pintaba unas cuantas canas, su mirada era profunda y la miraba con deseo. Ella solo soportó unos cuantos cumplidos del italiano, hasta que se paró y se marchó. Sin embargo el golpe del italiano no era hacer cumplidos y esperar a que callera a sus brazos, de lógica la acción resultaría absurda. Su propósito fue más allá de lo superficial, dejando una clara seña en su conciencia. Perdona mis burdos comentarios, entendí que la necesidad de expresar los sentimientos no se hace de igual forma que en Italia, considerando una ofensa lo sucedido, entenderás con mayor propósito esta nota; para ti estaré mañana en el café frente al cinema a las 8:00 a.m. Fue la nota con la que el italiano entro en María, la metió en su chaqueta. María vulnerable. María lo pensó muy bien esa noche, y casi que de largo decidió. Pronto al café frente al cinema, con un poco de retraso y un vestido rojo que usaba para ocasiones especiales. Hasta la vista de algún álbum de recuerdos, Miguel. Con sutileza propia de europeo, el italiano la conquisto de golpe. No fue más que miradas y caricias, sin besos. Solo romanticismo de niños extranjeros (no por la diferencia de nacionalidad, sino por la inconsistencia en sus vidas) No hubo motivos que emplear, María sintió la culpa a la altura de la noche, cuando consumó la ultima caricia en sus mejillas, esa barba enredándose en los dedos flor de la mujer.
Esa ‘ella’ que ahora Miguel encontraba tan apática, que lo olvidó de improvisto. Fue inevitable todo. El saber que si no lo llamaba era porque quizá había emprendido la tarea de olvidarlo en serio; pero él aguardaba una llamada, un telefonazo fugaz que llenara su corazón de tarro vacio, con ese liquido viscoso que es la esperanza. Y cuantas noches se fueron en ese plan, plan de tarro vacio y sin motivos. Y al otro lado de la ciudad una María huraña que juega al romance con un italiano que no conoce. Fue sexo de cinema, lo que nunca hizo con Miguel, sexo de café y de postre. Fue María mordidas de labios, María que arde por la madrugada. María insomnio de Italia. El italiano penetro todas sus exactitudes, esas convexas exactitudes que tanto guardo Miguel para él. Miguel todo espera, Miguel todo rabia.
Conoció Venecia, conoció romance a la Italia, en Roma, en Milán. Volvió y lo hizo todo. Repitió cada momento pausado con el italiano, y nunca trato de descifrarlo. Se acostumbró en dos meses al italiano sin vida, con un nombre escaso, confundida entre la brevedad de un ‘Giuseppe’ o un ‘Giovanni’. Estrepito vocablo. Ese pasado no importaba, para qué conocer la vida de alguien que se sube aun vagón de viaje corto. No negaba la posibilidad de una fiebre de cada día más, pero era de momento que quería vivir, condicionada a la circunstancia del ahora y del sin miedo. Miguel no le pagó nunca con ese alimento con qué saciar el ya. Miguel todo planes a futuro, Miguel todo estructura frágil. Miguel maña.
Ahora si era flor completa, salida de si misma y recorriendo piel tersa y exótica. Demoliendo con ternura la ternura de otro hombre. Adiós mi buen recuerdo ‘Miguel’ que ya tengo la caricia más propicia al paroxismo; esto le salía sin vocablos solo con un agudo gemido en el acto. Solo con un ver a través de la ventana. Tampoco habían palabras banales que irrumpiera la conexión profunda de sus miradas, para qué unas cuantas silabas incomodas que retrasen lo del acto; es decir, si se superpone un pupila a pupila a todo comentario dulzón y quizá extremadamente cursi, para qué emplear la boca y el aire de los pulmones para arrojar al vacio lleno de lujuria sonidos inherentes a la habitación y su fuego. Oh noches de salsa con el italiano, cosa que ella le enseñó a imitar muy bien, hasta creyéndose bailarín de salsa (lo importante era lo que seguía, luego de ese frote de cuerpos y calores. Y pensar que miguel no pudo nunca aprender, por más que María se esforzara en sus lecciones). Esto también se toma en el saldo que ella tiene en la cuenta de Miguel. Cuenta ficticia en la que anota todas las aventuras y actuaciones que nunca realizó con ella. Porque de eso se trata su desdén, por eso tampoco va a hacer la llamada que sabe que espera su ex novio. Pobre Miguel impaciencia, pobre Miguel ausente.
Todo fue flor, pero como toda vida, esta marchitó pronto, el italiano no volvió a casa de María luego de un escape a recoger ropa limpia y otro par de zapatos. Ella le preparó almuerzo y arregló el hogar —tan cómplice— para que su temporal amado la llenara de su ser inapagable y esporádico que tanto la atraía. Pero el individuo no regresó, solo una llamada a la luz de una madrugada de un sábado incontable. Como si esperará esa llamada, descolgó la bocina del teléfono antes de que este terminara de sonar, y como nunca supo un verdadero nombre, no supo como llamarlo y esperó a que él hablara. Esperaba con anhelo que la voz cargara ese asentó italiano que había escuchado en su oído tantas veces dos meses. Y reconociéndolo preguntó si le pasaba algo.
—Debemos vernos el martes en el café de siempre —dijo él con una voz temblorosa de temor—.
Pero esa madrugada era un sábado y la incertidumbre sería insoportable para el lunes, casi que de infarto para el martes, y sin embargo no puso objeción, solo asintió con un murmuro y colgó. María era una mujer de carácter, sin pensar demasiado en cada cosa que hacia, iba por la vida rompiendo todo escenario y contagiándose de él, pudo haberse copiado la primavera mas bella para ella, porque eso fue, una primavera prospera llena de esas tres exactitudes que tanto muele a un hombre al punto de convertirse en alguien más. Y con motivos suficientes y las razones necesarias, saldaba las cuentas pendientes en su vida y no demoraba en constituir un camino con un paso que dar por cada momento que vivía, eso y nada más; un andar por andar, eso y nada más. Una María que vuela a ritmo de gloriosa ave de libertad.
La mañana llegó con la rapidez del martes que solo ofrece la modernidad, y recreó a dos personas en la mesa de un café donde pactaron hace dos meses un acto de benevolencia y liricidad; pronto al vestido rosa que compró solo para ese martes y nada más, pronto que la prisa arranca a las personas de su paz. Con apuros se maquilló de rosas y se perfumó de durazno (recordó a Miguel) y salió a la calle envuelta en ese velo fino de ansiedad. Tomó el taxi que por fin se dignó en aparecer y lo maldijo un par de veces; revisó su rostro natural en un espejo de aumento, el viaje fue eterno, inventó un par de razones que pudieran responder a la extrañeza de ese final esperado pero esporádico que le llegó a la disque relación. Pudo llegar por fin al café y maldijo esta vez la lentitud del taxista y la reconstrucción de la avenida por la que obligatoriamente tenía que pasar. Entre el café, en la mesa del extremo izquierdo, donde la luz era la apropiada, encontró al italiano, esta vez de traje formal y un maletín que creyó reconocer. El aspecto del verdadero italiano (no ese con el que tuvo sexo por doquier, o con el que intimó todo su ser en la fragancia de un vino tinto junto al mar) era esquivo, su corazón empezó a palpitar mas de lo normal, era martes en que entraba a las diez a trabajar en la biblioteca y ya eran las nueve y media.
—Hola —fue lo único que se le ocurrió decir—. Nunca me dijiste que acababas de terminar una relación —Dijo el italiano con su tono de voz ronca y seria, quizá de enfado—.
—Nunca las palabras importaron tanto en nuestra relación, por eso decir resultaría estúpido a elegir vivir y nada más. —ella contestó—
—Espérame, vuelvo en seguida —dijo él y entró al baño de hombres del café—
No pasaron más de diez minutos, pero a María se le hizo una eternidad. Vio salir al italiano, esta vez un no italiano, es decir un individuo con la ropa de él pero con otro rostro.
—Adiós María, fue un placer —dijo Miguel vestido con ropa formal mientras recogía el maletín—
Ibagué
17/02/2011
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