lluvia

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jueves, 7 de julio de 2011

Cadencia Soluble


A través del vidrio se proyectaban las luces con formas de peces del mismo color, pero peces de distintos tipos, quizá de mar, quizá de rio, quizá de lago o quizá de acuario. No había acuarios y ella no los conocía, nunca había visto uno, lo demás quedaba en su torpe imaginación. Los peces nadaban contra la pared a medida que ella movía la lámpara de izquierda a derecha. Entonces era una pecera de concreto color rosa, que albergaba cinco peces de luz. Fueron las diez de la noche y fue el momento de dormir y los peces se extinguieron cuando apagó la lámpara. Pidió a su mamá un acuario y recibió una negación habitual quedándole claro que era suficiente con haber recibido una lámpara nueva. A la media hora de haberse ido mamá, entro papá un poco aturdido, quizá por los tragos, y con voz tierna saludó a la pequeña. Ella en su cama y bajo la protección de una cobija de lana lo saludó; él muy amablemente dejo caer en la boca de su hija un enorme beso alcoholizado. Después metió a empujones su ser masculino inagotable por el sexo de la niña, de la forma más sutil y delicada con la que se puede tratar a una pequeña. Él, su padre, envenenaba de lujuria el joven cuerpo de su hija por tercera vez.
Pasó la noche en vela procurando no dejar caer sobre la almohada la inútil lagrima que asomó desde que se fue papá, gota que no quería soltar por miedo a perder el liquido que papá muy amablemente había dejado entre sus piernas como muestra del amor que le tenia. La madurez infantil de la pequeña se convirtió en un esfuerzo por aguantar ese dolor agudo que quedaba entre sus piernas. Papá era todo un buen papá, entregando el instinto propio del humano a su hija, saciaba su codicia sexual, codicia que no agotaba con las putas que veía, ni con su mujer. Papá es un papá amoroso, decía la única hija de once años de un señor bastardo y sucio.

No fue solo esa tercera vez, pasaron varios años en los que papá todo cariño, entregaba disque lo mejor de sí.
A los quince años, la niña comprendió que no era amor lo que papá dejaba entre sus piernas cada domingo; era un líquido traidor, bastardo y sucio de cada semana en que necesitaba saciar su codicia sexual. Todo estaba hecho y desgastado, ya no había futuro más que lamentarse de tener un ser llamado padre que la usó. Por lo pronto buscar una salida procurando acabar de raíz con el mal. Supo entonces que no hay forma de dejar de mirar hacia atrás, porque atrás y adelante son la misma cosa; un adelante es un atrás que se repite entre la eternidad, bajo ciertos cambios de la vida superficial. Fue el momento de escapar, pero solo hay dos salidas: la muerte y la inhumanidad. Simplemente fue por la que tuvo a su alcance, siendo ésta una pastilla liberal.

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