Ya no hay tragaluces por aquí. Todo es un pretexto. Ven y pruébame, con tu cara de juez y tu boca que no traga luz.
lluvia
jueves, 28 de abril de 2011
Episodio, un tren dialectico
El tren cabalga sin apuros, así cabalgan sus jinetes paradigmáticos, pintorescos suburbanos que detienen sus aspectos y sus vidas en los vagones. El tren cabalga demacrado rompiendo a fuerza histérica el viento subterráneo, ruidos acostumbrados y pasajeros sombríos, sombreros de vez en cuando, la filosofía viajera, la dialéctica monótona y estéril.
Por ello fue jinete de su auto, su reloj preciso, no precisó su hora de partida, una fiel maquinita inerte mal calculada puso a volar su actitud paciente, el día de su ascenso se va por las ventanas del edificio. El reloj tardío alarmó y golpeó en desesperación su amo; un amo que encolerizado levito con prisa, precipitado a eventos desafortunados, se maquillo de ejecutivo.
El vehículo que se pone en marcha, blancuzco aparato que amerita el uso. El tren cabalga cerca y pide que sea cabalgado, un destino asechado. El tren cabalga al lado y era necesaria su ayuda, era pertinente interrumpir su vida y entrar de traje ejecutivo al vagón cansino. El vehículo deambula a prisa, como un torpeo púdico, al parecer todos cargan prisa.
Prisa acumulada, prisa contagiada, un virus transmitido por cada calle congelada, la pandemia de la tecnología de la vida milenaria del siglo XXI. Y la prisa también deambula con irónica parsimonia, en la ciudad clandestina, así como en la pública. Todo sube y todo baja en la ciudad que evoluciona a ritmo pavoroso, arrasando a su paso con valores y principios. Así arrasaba el asfalto húmedo, aquel carro blancuzco, que a toda marcha acababa con segundos y minutos. Un semáforo rojizo detuvo el vehículo. El tren cabalga aproximado, ya es tarde para huir, resuenan todo tipo de voces de ciudad intranquila, miles de pitidos, de cornetas de automóviles, sinfónica desesperada de trancón de medio día, de mañana rutinaria, que a segundos de su estancia alcanza una huida.
El semáforo no titila, no se mueve, no se calma, sonrojado no de pena, un montón de automóviles encajonados con buena métrica, una mañana que se va como el sueño fatigado. El tren ya no se encuentra cerca, al alcance de la nada, son pocos segundos que exasperan.
El semáforo que cambia, la marcha que acelera, la vida que se agolpa en el rincón del asiento trasero esperando un momento. Una vida que se elige, con patrañera libertad, un montón de seres que viajan lejos de un tren que cabalga para cumplir una orden. Ciudad por fuera de la ventanilla del vehículo blanco, ciudad que entretiene con sus luminosos avisos, su mercado de la nada costosa, su mercado del todo muy barato.
El hombre que salió retardado, esta desesperado, contagiado, ensimismado de ciudad, de transito, de silbatos y cruces eléctricos. El tren que cabalga al extremo de su estancia, ni risa despide, ya no es opción, con razones opuestas una cita que colapsa, un vehículo que avanza, una vida que se apaga.
El hombre era pasivo, cabizbajo, adolorido, la oportunidad de un ascenso, una cita oportuna para un oportuno momento, la agitación de la pelota, en el instante perfecto, para el gol que proclama una copa extraordinaria, hicieron del caballero un perverso velocímetro. El cabizbajo empedernido, señor de lo cumplido, dueño del reglamento acatado, perdió la noción del espacio tranquilo, de la marcha relajada. Se apoderó de su poder de piloto novato.
Y atravesando un semáforo, de una calle escogida, por el presagio permitido, golpeó una transeúnte peculiar y afligida, que no soporto el impacto y voló como golondrina. Fueron segundos malignos lo que duro la carrera, fue un choque brutal que sentencio a la victima, fue por culpa desapercibida, desprevenida, desaparecida.
jueves, 21 de abril de 2011
DELETE
Para que la ciudad de los libros
Quede sumergida entre la modernidad.
Y la palabra ENTER será sagrada.
Así como dejamos el lenguaje de los arboles
Así mismo dominará el metal y el concreto
Entre el hombre nuevo apocalíptico.
Y la palabra ESC será un anhelo.
Los arboles virtuales se plantaran
Como hemos plantado el miedo
Con la semilla de la discordia.
Y la palabra ALT no será una alternativa
Los abonaremos con odio
Para que nos den la sombra del peligro
Y los frutos de la guerra.
Y la palabra SUPRIMIR será un motivo.
martes, 19 de abril de 2011
Memorial
Later of slap
Après la gifle
Esto no puede ser una historia creyéndome creyente de mis historias, más aun creyéndome escritor de mis propias historias. Suponiendo que el relato es mío tan solo porque lo escribo, diría que más que un cuento es una ventana donde cuelgo un pan que he orneado con medio litro de culpa y una pisca de azar. ¿Azar? Esa palabra no me queda bien, y si digo que es destino no me lo creo ni me lo consumo. Ayer me dijeron que fui débil, pero hoy me han dicho que soy fuerte al aguantar tanto fastidio, eso no puede ser azar ni destino. Luego de dos microsegundos no se cómo empezar una historia, ayer leí a Cortázar que no sabia como empezar las babas del diablo y hoy me ha sucedido igual (eso no es copia, mucho menos suerte) No hay nubes, ni siquiera hay fotografías en mi pared, solo una ventana que da a la calle, una calle que da a la plaza grande y la plaza grande que da justo en el centro de la ciudad. Tras la calle hay un muro pintado de blanco y manchado de musgo. El muro da a un garaje y en el garaje ya no hay automóviles, ahí, aquí mismo debería empezar mi historia, con el estúpido automóvil del sujeto de la casa de enfrente. Sin embargo es estúpido el comenzar de algún modo, procuro introducirme lentamente buscando que el procesador de texto de mi computador mágicamente tome la iniciativa de introducirme en él.
Claramente ayer ella no pudo venir, es una explicación razonable al porqué de su inasistencia a la clase de guitarra. Le advertí por teléfono que lo mío era la puntualidad aunque me viera cara de irresponsable. Voy a ponerle un nombre a partir de los tres o cuatro párrafos, antes quisiera verla como ella, la que no interesa como se llama, más de lo que me interesa ahora mismo, en este instante, su pelo y olor. Sí dijo que no pudo venir es porque se le presentó un inconveniente, y no porque se haya arrepentido después de lo del vals. Ayer fue viernes, quizá no la vea hasta el lunes, cuando por obligación la encuentre en el triette. Lo único que nos une es ese maldito Triette que sirve el mejor café de la ciudad, eso y un par de canciones que ella quiere aprender, eso y nada más. Y si vieran como coloca sus dedos en posición de do mayor, tratando de perfeccionar. Por mi ventana entra un frio acogedor, supongo esto también lo debo escribir, un escritor principiante debe escribir todo lo que siente, por eso escribo que en este momento tengo frio y ganas de fumar, ganas de ir a verla, convencido que me quiere ver, que se quiere dejar enseñar, eso y nada más. Ahora la brisa que entra es tan fría como las ganas de salir a buscar un café y encender un cigarrillo.
Ella es breve, estudia la retorica, avanza con agilidad, aprende la guitarra con facilidad, quizá porque soy bueno al enseñar o porque se empecina en atraerme con su cualidad. La guitarra se ha interpuesto varias veces en ese cruce de miradas que le propongo al rebotar mi estilo con su falta de atención. Lo del vals fue una perdida de tiempo, notó que le atraigo y supo como salir del paso, convenciéndome que es cruda y seria. El vals fue un bar a donde fuimos a parar después de un par copas de champagne. El champagne de la ceremonia de grado donde he recibido mi metafora de localizador. Bien pudiera perdonarle lo del beso pero supo cómo encontrarme. Como conseguirme con la boca abierta y los labios en posición de recibir. Hoy la espero dentro de un quizá, dentro de la penumbra de un: posiblemente llegué sin avisar.
Es que el tiempo llega porque debe llegar, eso quisiera que ella hiciera, me llegara sin avisar, y me quitara de este agujero donde no consigo paz, donde estoy solo y dispuesto a escribir más. Eso he conseguido hacer, yo que nunca escribo, solo porque la guitarra no me quiso afinar o mis oídos simplemente ya no pueden escuchar algo que no sea la voz de ella, eso y algo más. Es hora de controvertirme, es hora de buscar ese café que me impide maquinar, es hora de atravesar la ciudad, tratando de encontrarme frente a su casa y culpar a mis pies y a mi instinto por llevarme hasta allá.
viernes, 15 de abril de 2011
El visitante
El visitante pudo perderse entre el agujero de mi bolsillo, aquel por donde pasan las monedas falsas cuando quieren largarse y dejarme tirado en medio del delito. No son previsiones, nunca lo serán. Cuando puedan ellos, los del clímax, cuando puedan recuperar el visitante ido. ¿Habrá que recuperarla a ella de diez mil y al visitante, incurso en el billete? Tendré que declararme incompetente en el dinero y el patrimonio, rogando ser del arte y no de los billetes. Porque ella llegará a ser más de mí, que lo que yo puedo ser de mí, y quedaré manufacturado y poseído —recordaba sin voz mientras trataba de encender un cigarrillo—.
Pudo encenderlo y pudo sentarse en el muro del jardín, mirando la carretera principal colmada de carros y motocicletas, disgustado a la vez por tener que verlos, y no poder distraerse viendo otra cosa. Era un largo desatino, de verdad tenia un billete de diez mil pesos, que comparaba con su compañera de cuarto. Tenía un visitante que se había ido hace algunos días, dejando el vacio de las visitas y las faltas de improvisación. Tener que formular una charla bajo la amenaza de un retiro. Y pensar que todo lo pensaba desde lejos, desde aquel lejano billete que comparaba con ella. Sintiendo la nostalgia viva, saboreándola de a poco y sin reparo. Luego ella salió del edificio y con la cabeza le indico el camino. Una boina, un pelo castaño ondulado, uñas negras, piel blanca… Recorriendo la avenida le volvió la risa, se preguntaba el porqué a la comparación con el billete, luego el café y ese aroma que se siente a media noche mientras se transita por la sociedad de los jazmines. Olor a jazmín profundo y una propuesta incorrecta. Le propuso trepar la reja y entrar al patio principal buscando la fuente del olor a jazmines, nunca habían entrado. Les pareció bellísimo y acogedor por la cantidad de jazmines y ese olor grandioso que absorbían y también por la ausencia de un vigilante. El visitante le volvió de golpe, circunspecto y analítico que comprendió la analogía con el billete y pudo sacarla al fin de él para poder tenerla al lado disfrutando del olor a los jazmines.
Ibagué
Abril 2011
lunes, 11 de abril de 2011
Cuarzo Gris
Acomódate como se acomodan las gotas
En la ventana de la habitación,
Todas juntas queriendo ser salvadas
Todas queriendo ser inseparables.
Así debes acomodarte.
Conseguirás que entienda el peso del idioma.
Mujer idioma extraño,
Elocuente dialogo.
Podrás por fin darme un solo símbolo
Una palabra clave que me quiebre
Esta incertidumbre fría
Que me nace del auspicio.
Mañana seremos panorama excéntrico
Vueltas y vueltas de versión.
Seremos grises y libres
Como el humo que se va.
Mañana podremos ser salvados
No sé como, ni de qué manera,
Tampoco será importante saberlo.
domingo, 10 de abril de 2011
MOTIVOS Y SALDOS
Ese fue el final de la historia, ahora recuperar esencias. Tuvo una compañera a su lado, dulcísima y querida, mujer flor. Tuvo un empleo, tuvo a Carlos como amigo no como cómplice y superó los treinta años. La casa de la vida y de la vida de sus sueños era una maravilla, el empeño con que la decoraban él y María, y las tardes de helado de chocolate viendo la tv —tan cómplice—. Recorrieron los parques tantos domingos. De mañana eran copos de nieve uno sobre el otro, en la tarde ardían en el cinema y la noche era de brandy. Llegaban a durar días enteros leyendo; dormían, comían, jugaban y trabajaban ensimismados uno contra el otro y uno por el otro.
Todo fue inmortal: el tiempo, el rio de sabanas, la aventura y el brillo de sus ojos. Ahora podrán ser espantos de su fiebre moral, tanto peso en esa balanza de la conciencia. Pensarán cuando amanezca por tantos amaneceres que la vida fue, y ahora todo acabó con el pretexto de un cansancio, aunque ese final se extinga de a poco produciendo dolor y sufrimiento. Recordarán tantas cosas precisas; recordará esas exactitudes tan bellas, esas tres exactitudes por las que un hombre se hace capaz de revelarse contra sí mismo. Recordará esa bella flor que encontraba en su cama cuando amanecía, toda piel blanca y lisa, toda sabana y sexo, toda pétalo de cara y piernas, toda olor a durazno. Ella lo recordará como pueda, como la dejen ver sus ojos a través de las lágrimas, un sombrero de ala corta y un saco a la medida. Así le gusta recordarlo. Con la virilidad del cantante de tango que era. Sobraran recuerdos, y algún día sin previo aviso no estarán, cuando llegue el día en que sin quererlo deberán borrarlos.
—Sabes que sucede ¿cierto? —dijo él a María mientras tomaban café en la esquina de la biblioteca (biblioteca donde trabajaba María como bibliotecaria; biblioteca donde la conquistó con un tal Borges; biblioteca donde nació la pareja de los libros de goma, aquellos que se contraen y se alargan con la aplicación de la suspicacia del lector, algo como un guiño de locuciones) y bajo un aguacero fuertísimo— dime que se hace tarde. —Sí lo sé, y aunque me duele, no diré nada más —contestó María con almohadilla de lágrimas—. La hasta el momento feliz pareja no conecto más miradas, así podrían bajar más cómodas la lagrimas, y acabo todo.
Es inexplicable más que lo que se puede contar al respecto, todo fue acto sencillo, las palabras, las lagrimas, la lluvia y la lectura. Todo fue recuerdo desde entonces, hubo que remediar la estructurada vida que llevaban tanto el uno como el otro, porque se empecinaron en construir una sola vida para ambos y ahora las consecuencias se marcaban de golpe en los dos, una vida no tan vida que cambiar, y una casa solo para ella, pintada con la pintura del alma de Miguel. No fue gran cosa ese bocado de lágrimas que se tragó él esa mañana, cuando llegó al apartamento de Carlos, soltó un llanto tétrico de infante adolorido, y se recostó contra los brazos sin cura de su amigo. El café que le dio Carlos no le supo desde ese día a lo que le sabía, solo María sabrá hacer café para él (un análisis para los granos de azúcar, un nivel de agua medio caliente que recupere la crudeza del café, al punto de mezclarse con el aroma de durazno de María)
—Debes ser paciente y esperar el tiempo nuevo. Nada garantiza que te salga todo como lo planeas, además podrías resultar más herido —sugirió Carlos a Miguel con un tono entre temor y asertividad—
Pasaron los seis días de la semana desde el martes, habiendo sido el lunes anterior la fecha en que terminaron en el café. Sus vidas en esos días, a la fuerza tuvieron que desarrollarse como si nada hubiera pasado, aunque cargando ambos un vacio pesado que se acumulaba en toda la tráquea. Las ganas de seguir llorando contra la vasija de helado pasaron, (ambos en el mismo plan ridículo del helado de chocolate y la TV) pero ahora les llegaba a fuerza de temporada el caluroso verdugo de las ganas de dejar de realizar. Dejare de ir a… no veré más… y por si acabo hoy no volveré a invertir en… Un solo nudo de posibilidades encajonadas.
Una noche, en el cinema, mientras María veía una presentación del pianista italiano Roberto Prosseda, un hombre de ojos azules y barba se acercó a ella, le entregó un CD del pianista y le dijo al oído con voz ronca —vengo de Italia a encontrarte. El hombre pintaba unas cuantas canas, su mirada era profunda y la miraba con deseo. Ella solo soportó unos cuantos cumplidos del italiano, hasta que se paró y se marchó. Sin embargo el golpe del italiano no era hacer cumplidos y esperar a que callera a sus brazos, de lógica la acción resultaría absurda. Su propósito fue más allá de lo superficial, dejando una clara seña en su conciencia. Perdona mis burdos comentarios, entendí que la necesidad de expresar los sentimientos no se hace de igual forma que en Italia, considerando una ofensa lo sucedido, entenderás con mayor propósito esta nota; para ti estaré mañana en el café frente al cinema a las 8:00 a.m. Fue la nota con la que el italiano entro en María, la metió en su chaqueta. María vulnerable. María lo pensó muy bien esa noche, y casi que de largo decidió. Pronto al café frente al cinema, con un poco de retraso y un vestido rojo que usaba para ocasiones especiales. Hasta la vista de algún álbum de recuerdos, Miguel. Con sutileza propia de europeo, el italiano la conquisto de golpe. No fue más que miradas y caricias, sin besos. Solo romanticismo de niños extranjeros (no por la diferencia de nacionalidad, sino por la inconsistencia en sus vidas) No hubo motivos que emplear, María sintió la culpa a la altura de la noche, cuando consumó la ultima caricia en sus mejillas, esa barba enredándose en los dedos flor de la mujer.
Esa ‘ella’ que ahora Miguel encontraba tan apática, que lo olvidó de improvisto. Fue inevitable todo. El saber que si no lo llamaba era porque quizá había emprendido la tarea de olvidarlo en serio; pero él aguardaba una llamada, un telefonazo fugaz que llenara su corazón de tarro vacio, con ese liquido viscoso que es la esperanza. Y cuantas noches se fueron en ese plan, plan de tarro vacio y sin motivos. Y al otro lado de la ciudad una María huraña que juega al romance con un italiano que no conoce. Fue sexo de cinema, lo que nunca hizo con Miguel, sexo de café y de postre. Fue María mordidas de labios, María que arde por la madrugada. María insomnio de Italia. El italiano penetro todas sus exactitudes, esas convexas exactitudes que tanto guardo Miguel para él. Miguel todo espera, Miguel todo rabia.
Conoció Venecia, conoció romance a la Italia, en Roma, en Milán. Volvió y lo hizo todo. Repitió cada momento pausado con el italiano, y nunca trato de descifrarlo. Se acostumbró en dos meses al italiano sin vida, con un nombre escaso, confundida entre la brevedad de un ‘Giuseppe’ o un ‘Giovanni’. Estrepito vocablo. Ese pasado no importaba, para qué conocer la vida de alguien que se sube aun vagón de viaje corto. No negaba la posibilidad de una fiebre de cada día más, pero era de momento que quería vivir, condicionada a la circunstancia del ahora y del sin miedo. Miguel no le pagó nunca con ese alimento con qué saciar el ya. Miguel todo planes a futuro, Miguel todo estructura frágil. Miguel maña.
Ahora si era flor completa, salida de si misma y recorriendo piel tersa y exótica. Demoliendo con ternura la ternura de otro hombre. Adiós mi buen recuerdo ‘Miguel’ que ya tengo la caricia más propicia al paroxismo; esto le salía sin vocablos solo con un agudo gemido en el acto. Solo con un ver a través de la ventana. Tampoco habían palabras banales que irrumpiera la conexión profunda de sus miradas, para qué unas cuantas silabas incomodas que retrasen lo del acto; es decir, si se superpone un pupila a pupila a todo comentario dulzón y quizá extremadamente cursi, para qué emplear la boca y el aire de los pulmones para arrojar al vacio lleno de lujuria sonidos inherentes a la habitación y su fuego. Oh noches de salsa con el italiano, cosa que ella le enseñó a imitar muy bien, hasta creyéndose bailarín de salsa (lo importante era lo que seguía, luego de ese frote de cuerpos y calores. Y pensar que miguel no pudo nunca aprender, por más que María se esforzara en sus lecciones). Esto también se toma en el saldo que ella tiene en la cuenta de Miguel. Cuenta ficticia en la que anota todas las aventuras y actuaciones que nunca realizó con ella. Porque de eso se trata su desdén, por eso tampoco va a hacer la llamada que sabe que espera su ex novio. Pobre Miguel impaciencia, pobre Miguel ausente.
Todo fue flor, pero como toda vida, esta marchitó pronto, el italiano no volvió a casa de María luego de un escape a recoger ropa limpia y otro par de zapatos. Ella le preparó almuerzo y arregló el hogar —tan cómplice— para que su temporal amado la llenara de su ser inapagable y esporádico que tanto la atraía. Pero el individuo no regresó, solo una llamada a la luz de una madrugada de un sábado incontable. Como si esperará esa llamada, descolgó la bocina del teléfono antes de que este terminara de sonar, y como nunca supo un verdadero nombre, no supo como llamarlo y esperó a que él hablara. Esperaba con anhelo que la voz cargara ese asentó italiano que había escuchado en su oído tantas veces dos meses. Y reconociéndolo preguntó si le pasaba algo.
—Debemos vernos el martes en el café de siempre —dijo él con una voz temblorosa de temor—.
Pero esa madrugada era un sábado y la incertidumbre sería insoportable para el lunes, casi que de infarto para el martes, y sin embargo no puso objeción, solo asintió con un murmuro y colgó. María era una mujer de carácter, sin pensar demasiado en cada cosa que hacia, iba por la vida rompiendo todo escenario y contagiándose de él, pudo haberse copiado la primavera mas bella para ella, porque eso fue, una primavera prospera llena de esas tres exactitudes que tanto muele a un hombre al punto de convertirse en alguien más. Y con motivos suficientes y las razones necesarias, saldaba las cuentas pendientes en su vida y no demoraba en constituir un camino con un paso que dar por cada momento que vivía, eso y nada más; un andar por andar, eso y nada más. Una María que vuela a ritmo de gloriosa ave de libertad.
La mañana llegó con la rapidez del martes que solo ofrece la modernidad, y recreó a dos personas en la mesa de un café donde pactaron hace dos meses un acto de benevolencia y liricidad; pronto al vestido rosa que compró solo para ese martes y nada más, pronto que la prisa arranca a las personas de su paz. Con apuros se maquilló de rosas y se perfumó de durazno (recordó a Miguel) y salió a la calle envuelta en ese velo fino de ansiedad. Tomó el taxi que por fin se dignó en aparecer y lo maldijo un par de veces; revisó su rostro natural en un espejo de aumento, el viaje fue eterno, inventó un par de razones que pudieran responder a la extrañeza de ese final esperado pero esporádico que le llegó a la disque relación. Pudo llegar por fin al café y maldijo esta vez la lentitud del taxista y la reconstrucción de la avenida por la que obligatoriamente tenía que pasar. Entre el café, en la mesa del extremo izquierdo, donde la luz era la apropiada, encontró al italiano, esta vez de traje formal y un maletín que creyó reconocer. El aspecto del verdadero italiano (no ese con el que tuvo sexo por doquier, o con el que intimó todo su ser en la fragancia de un vino tinto junto al mar) era esquivo, su corazón empezó a palpitar mas de lo normal, era martes en que entraba a las diez a trabajar en la biblioteca y ya eran las nueve y media.
—Hola —fue lo único que se le ocurrió decir—. Nunca me dijiste que acababas de terminar una relación —Dijo el italiano con su tono de voz ronca y seria, quizá de enfado—.
—Nunca las palabras importaron tanto en nuestra relación, por eso decir resultaría estúpido a elegir vivir y nada más. —ella contestó—
—Espérame, vuelvo en seguida —dijo él y entró al baño de hombres del café—
No pasaron más de diez minutos, pero a María se le hizo una eternidad. Vio salir al italiano, esta vez un no italiano, es decir un individuo con la ropa de él pero con otro rostro.
—Adiós María, fue un placer —dijo Miguel vestido con ropa formal mientras recogía el maletín—
Ibagué
17/02/2011
Cápsula
Modelos y episodios,
Más no podre quedarme en ti, solo porque pueda
Tendré que hacerme más penetrante
Tendré que demolerte en versos
O volverme capsula indisoluble, que debas consumir.
De esas que se compran en la farmacia.
Mira hasta qué punto he llegado yo,
Ahora que trato de venderme en la farmacia
De una calle cualquiera, bajo el pretexto de que me ingieras
Y te mediques de mí.