lluvia

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domingo, 27 de marzo de 2011

Monólogo en artificio

Y me trazo un cono temporal y apunto a un foco inaudito, quiero decir que mientras escribo no sé qué escribo, atrás hay un asiento vacío, al lado una mujer de vestido, callada, con estilo. De jardín es su vestido, hoy es domingo, quizá tenga una cita; brandy y cigarrillos, quizá divaga, quizá medita, casi dormida, ¿respira? Saborea, es cierto, no está dormida, y respira porque parece viva. Es decir respira, ¿pero en un bar maldito?, sola, una dama adecuada para otro sitio, para otra gente. Una mujer de traje francés no acostumbra venir a estos lugares, quizá contenga la respiración para no contagiarse de penas.
En fin, una dama extraña en un desagradable sitio. La miro a través del espejo, yo en la barra y ella atras en una mesa, de vez en cuando me mira. —Tengo que escribir esto en mi diario, de hecho todo lo escribo— Cruza su pierna, lo hace despacio, notó que la miro, un brandy más, este es el tercero. Al séptimo saca un papel y escribe; al octavo me mira y al decimo se retira. El papel queda en la mesa, lo veo, es para mí, lo presiento, pero tal vez no lo quiero. Por qué querría un papel maldito, producto del brandy, del bar maldito, del deseo y la necesidad. Quien viajaría al callejón de la esquina a ver una dama francesita que deseosa está de cumplir su osadía; ayer oí del peligro; en el periódico: una mujer con sida deambula por las calles con una jeringa. Maldita pervertida.
El vino tinto produce esta noche un éxtasis de viña, me dilata el misterio y absorbe mi paciencia; a la copa la alumbra una luz purpura, que bello color y el papel en la mesa tan claro, tan pasivo, tan meditoso, tan asertivo. Al diablo las jeringas, al diablo lo escondido, bienvenido el buen vino y el callejón con salida. El papel dice: te espero en la esquina, no tardes. Me tomo la última copa, lo hago con prisa. En la esquina está ella, es atractiva, busco en sus manos una jeringa.
Huele a jardín, no hay rastro de jeringas y hay condones en mi mochila, me toma de la mano y advierte con sus manos frías que está temerosa. Vamos por la avenida, sin decirnos palabras, sin nombres, sin ideas o conceptos, ningún rastro de ciudadanía.
—Aquí está bien. —me dice—
—Por mí no hay ningún problema. —Le digo—

El lugar es un bar suburbano, clandestino, que en su interior mesas, barras y alfombras reciben visitas. Recuerdo la vez que vine, me quede sorprendido, porque es un lugar donde las parejas tienen sexo sin percatarse de las miradas. Al entrar al lugar estaba un poco vacio, lo que me agrado mucho; sin embargo saludó a un hombre más adentro, que la recibió con un: ¿otra vez, María? María es su nombre, —esto lo escribo aturdido al otro día de lo sucedido, porque guardé mi diario a la salida del bar— El rincón fue mi destino, una larga alfombra gris rodeada por un manto rojo; podría decir, nuestro destino, pero ahora sé que no era su destino. Definitivamente era francesa, lo que me calmó, porque el periódico decía que la chica era gringa. El brandy estaba al clima y el lugar oscuro.
El sexo estuvo también al clima, el sudor de ella se mesclaba con el mío, una pareja sádica, por así decirlo, nos miró durante todo el acto, cuando percaté, éramos los únicos actores entre un teatro repleto. Literalmente era un teatro, al entrar era un oscuro sitio y al recordar la ocasión en la que entré por vez primera parecía un bar, un simple bar maldito.
Ahora y de improvisto se convertía en un puto teatro antiguo, un lugar con cientos de sillas, con aplausos, con bailarinas, un lugar de shows como los míos. Sucede que funciona como bar de lunes a viernes, pero ayer fue domingo, y los sábados y los domingos es un teatro donde parejas tienen relaciones sexuales delante de un montón de idiotas con su respectiva boleta de entrada —ahora se el porque a la luz naranja sobre nosotros y en medio de la lujuria. La francesa que ahora veía mejor, hermosa, sensual y desnuda y yo avergonzado, frente a la multitud, me hizo un gesto e hizo la venia al auditorio, no tuve más remedio que imitarla, para pasar por actor. Cuando corrieron las cortinas, vio mi cara llena de ira, la mujer se dio cuenta y antes de dejar que accionara cualquier grosería, saco un beso de su improvisada boca y callo mi furia.

Ibagué
2010

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